Editoriales

Volver a la Comunidad Originaria

III Domingo de Pascua. Ciclo A

“Lo reconocieron al partir el pan”

Lucas 24-13-35

Volver a nuestra Jerusalén, a nuestra Galilea, donde inició todo,

es la gran enseñanza que recibimos de los discípulos de Emaús

y de tantas personas que hacen el camino de regreso a casa, en

cualquier circunstancia de la vida. Salir y volver son dos

verbos que conjugamos cada día; al igual que buscar y

encontrar, se implican mutuamente en el diario caminar hacia

la maduración de la fe. Esto no se da automáticamente; hay

que caminar la jornada completa en espíritu de escucha y de

encuentro.

Me he acordado de los discípulos de Emaús que esperaban

mejores tiempos sin creer, ni esperar y, mucho menos, trabajar

para hacerlo realidad (“nosotros esperábamos que…”). Ellos, en

ese momento no eran capaces de ‘mirar lejos’, más allá de su

tristeza, de lo inmediato (“¿no sabes lo que ha pasado ayer en

Jerusalén?”). Cuando reconocen y se encuentran con el Señor

Resucitado, cambian su mirada y su visión de la vida. Para ello,

tienen que volver a escuchar al Maestro, atender su testimonio,

creer/aceptar que el Crucificado es el Resucitado. Sentarse a la

mesa eucarística con Él será el signo fundamental para su

futuro.

Los cristianos resucitados estamos llamados y urgidos a ser

servidores y constructores de esperanza; a mirar tan lejos como

la fe en el Señor alcance para transformar y trascender. La

esperanza no defrauda, pero necesita de decisiones, gestiones y

acciones concretas. Los discípulos de Emaús tuvieron que

volver a la comunidad para seguir viviendo y alimentando su

esperanza. Nosotros tenemos que hacer lo mismo: volver a la

comunidad originaria para salir y ser testigos creíbles del

Resucitado.

Los gestos de escuchar la Palabra y celebrar la Eucaristía

siguen siendo actualizados cada vez que la Iglesia se reúne encomunidad para celebrar los santos misterios. Es entonces

cuando a los discípulos de este tiempo “se les abren los ojos” y

descubren a Jesús como alguien que alimenta su vida, los

sostiene en el cansancio y fortalece por el camino.

Hemos de aprender una de tantas lecciones de Emaús en

tiempos de mediciones por percepción: volver a la familia, a

casa, es lo mejor. Hay gente que ha abandonado a su familia de

sangre y a la familia de fe, como aquellos discípulos de la

primera hora. La solución está en rehacer los vínculos con el

Señor Resucitado, la familia, la Iglesia. Insistimos en volver a

casa, a quedarse en casa, a ser parte –otra vez- de la única

comunidad que nos garantiza la seriedad/pertenencia/

perseverancia del amor. Todo lo demás es correr un riesgo a

perderlo todo, para siempre.

Son muchos los desafíos que vienen ‘después de que pase todo

esto’. Nuestra seguridad está en la familia y en la fe que hemos

recibido en ella. Aceptar las presencias del Resucitado y la de

nuestra familia es el inicio de una vida nueva y la garantía de

perseverar hasta llegar al término del camino: la eternidad.

Dejémonos transformar por el Señor de Emaús. “Quédate con

nosotros, Señor”, le pedimos desde nuestro camino de Emaús.

Con la bendición pascual.

+ Sigifredo

Obispo de/en Zacatecas