
Había estado días cansada, saturada de pensamientos, de trabajo, de cosas por terminar. El bajón emocional llegó justo cuando más necesitaba estar motivada para inspirar a otras mujeres, impactar de manera positiva en sus vidas y sostenerlas por si alguna necesitaba apoyo. Eso era lo que pensaba esa mañana al dirigirme al círculo de mujeres de cada mes, ya que había sido mi motivación desde hace varios meses atrás: un proyecto que nació del corazón, como muchas cosas que hacemos las mujeres por amor a los otros.
Me di cuenta de que me estaba autosaboteando por medio de una vocecita muy tramposilla, que mata sueños e ilusiones: la voz de la impostora que muchas llevamos dentro, esa que lo único que quiere es que te rindas y vuelvas a tu viejo hábito de no intentar. Casi lo logra, casi me la creo, porque además tiene muy buenos argumentos: te conoce, sabe cómo hacerte cambiar de opinión y mostrarte lo peor de ti.
Te digo algo: trata de ignorarla o, mejor dicho, respóndele y déjala con la boca abierta, diciéndole que no le crees y que no permitirás que arruine tu día. ¡No lo permitas!
La mujer que florece también es aquella que, a veces, escucha la voz de la impostora y muchas veces le cree; pero, al final del día, recuerda lo fuerte que es. Inspira a otras mujeres, adorna su vida y la de otros. Es vulnerable también, porque no teme mostrarse llorando cuando lo necesita. Es aquella que da su opinión sin ofender a nadie, la que baila descalza y se levanta; esa que camina con pasos firmes, pero que también se marchita a veces durante el año, más de una vez.
Es aquella que se alegra por el crecimiento de otras, que impulsa, que se inspira y no copia; quien alienta con palabras y con acciones. Es aquella que sabe ser amiga, que celebra y también llora en tu hombro.
La mujer es como una flor; más de una vez nos hacen esa comparación. Nuestro cuerpo se asemeja a una bella creación: algo delicado, que da frutos, que da vida. Existen muchos tipos de flores con las que podríamos compararnos; por eso no a todas nos gustan las mismas. Sin embargo, podría asegurar que a la mayoría nos gustan, no precisamente en un ramo o como regalo, sino muchas veces al contemplarlas en un bello jardín.
Si pudiera compararme con una flor, sería con la jacaranda. Es una flor de color lila, muy resistente, que cuando florece embellece calles enteras y, cuando cae al suelo, también lo hace. Y es que, como esa flor, muchas somos bellas en esos momentos donde estamos sostenidas, cuando todo está bien; pero también somos bellas cuando caemos. Aun en esos momentos, sabemos cómo amar a otros y cómo volver a florecer, aunque cueste levantarnos.
Y así como la jacaranda, hay flores como la flor de loto, que crece en ambientes poco favorables, como los pantanos. Hay mujeres que florecen en cualquier lugar en donde se encuentren, y eso es algo muy hermoso de reconocer en otras también.
Podemos ser un sinfín de flores a lo largo de la vida; y es que hay tantas subidas y bajadas que esperar ser una misma cosa todo el tiempo es no crecer. Cuando entiendes que estamos en constante cambio, empiezas a valorar quién eres y en quién te conviertes con los años.
Cuando te dedicas a la psicología, la responsabilidad de ser congruente, por lo menos en mi caso, es muy importante. No hablo de perfección, hablo de cuando no llevamos a la práctica lo que tratamos de explicar a otros, sobre todo cuando te dedicas a ayudar.
Es por eso que las personas muchas veces no confían en ser guiadas por otros, especialmente cuando no predican con el ejemplo. Pero otra cosa que valoro mucho es poder rodearme de mujeres valiosas en los diferentes contextos en los que me manejo: mi trabajo, las mujeres de mi familia, mis amigas y aquellas con las que he coincidido últimamente. Ellas me han enseñado mucho, sobre todo a entender que siempre es posible volver a florecer.
No importa el clima o la temporada, siempre es posible hacerlo, sobre todo si estás rodeada de quienes también pueden sostenerte.
La congruencia de la que hablo es que muchas veces no es fácil aceptar que, aunque nos dediquemos a ayudar o a cuidar de otros, también necesitamos ser cuidadas, ayudadas, sostenidas y acompañadas. Quizás por mucho tiempo la mujer fue vista como la que podía con todo y más; sobre todo al convertirse en madres, muchas nos perdemos en el camino y tardamos en encontrarnos, en volver a florecer. Se nos olvida muchas veces de quiénes estamos rodeadas, del jardín en el que estamos todas.
Muchas veces nos sentimos solas, nos hundimos en la depresión por haber escuchado a la voz impostora; nos juzgamos, nos culpamos y nos abandonamos, dejándonos sin lo más vital: las conexiones humanas, aquellas que nos dotan de fuerza, que ejercitan la empatía y el amor por los otros y por nosotras mismas. Comer, ejercitarnos y cuidarnos son cosas necesarias para vivir, pero las conexiones con otros seres humanos son lo que también nos hace crecer y florecer.
Florecer es, para mí, la manera en la que entiendo mi proceso de crecimiento en esta experiencia llamada vida; lo que me permite ver a otras también capaces de lograrlo. En este camino, decido ser quien acompaña, quien sostiene y quien ama, pero sobre todo quien florece siempre, confiada en que puedo volver a empezar cada día que el sol roce mi cara.
Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que ese mensaje de calma y de reflexión llegue a tu vida cuando más lo necesites.