
Ella luchaba por ser vista desde niña. Le decían loca, la hacían sentarse por ser inquieta; la llevaron a dejar de opinar, a dejar de sentirse valiosa. A llevar una máscara como la que tú llevas ahora, quizá desde hace años.
No sobresalía por inteligente, sino más bien por llamar la atención, por interrumpir las clases, por no estar de acuerdo a veces. También era solitaria; nunca se sintió parte de nada.
Con el tiempo, la acompañaron varios diagnósticos, como etiquetas en su vida: depresión, ansiedad, trastorno por déficit de atención e incluso un posible trastorno límite de la personalidad. Lo que, como a muchos, puede llevarlos a la culpa, a sentir vergüenza, a no saber si van a lograr algo en la vida o si los van a tomar en serio, cargando ese peso, esa cadena ruidosa y pesada atada a un pie, sin poder huir.
Inclusive, puede llevarte a perderte y buscar modos de afrontamiento no tan sanos, como consumir sustancias o intentar sanar y entenderte mediante alternativas como las medicinas psicodélicas, entre otras cosas a las que los seres humanos llegamos a recurrir en el intento de sentirnos mejor o ser mejores.
Es válido intentar lo que sea para convertirnos en mejores personas. Pero hay quienes, aun después de muchos retiros e incluso terapia, no logran encontrarle sentido a la vida.
Y mientras vives, pueden pasar muchos años sobreviviendo, no siempre al máximo ni feliz, especialmente si vives tan identificado con heridas y creencias del pasado.
¿Qué pasaría si pudieras dejar de tener esas conversaciones contigo mismo en las que te sientes víctima, dejas de culpar a los demás por lo que te sucede y también de culparte a ti por tus propios resultados?
¿Quién serías sin todo eso que, de alguna manera, te has contado durante años, sin piedad?
Todos tenemos una narrativa diaria que nos muestra imágenes, recuerdos, vivencias completas, olores, sensaciones y emociones; como una película que repetimos constantemente y que muchas veces le da sentido a nuestra vida.
Imagínate que eso que has estado haciendo durante años fuera una mentira que te has contado sobre ti mismo.
Seguramente has soñado con muchas cosas, y quizá algunas sí las has alcanzado; otras no. Y no hablo solo de lo material, sino de esas relaciones que no han funcionado en tu vida, de todo aquello que sigue inconcluso por no haber perdonado o sanado.
¿Te has detenido realmente a cuestionar esa voz? Más allá de ser una voz impostora, es una conversación que decidimos tener todos los días. Y muchas veces esa conversación nos lleva a aislarnos, a no impactar ni inspirar a otros y, sobre todo, a no lograr nuestros sueños.
Imagínate pasar años convencida de que esa energía desbordada, esa “locura”, iba a ser su mayor potencial; aquello que la llevaría a impactar a otras personas, a hacerlas creer en sí mismas y a atreverse a soñar también.
Esa energía desbordada eran sus ganas de vivir.
Pero nadie se lo reconocía. Bastaba una sola persona que la mirara con ojos de amor, que confiara plenamente en ella, para que diera el salto en su vida y comenzara a creer en los milagros.
Y fue entonces cuando conoció a un grupo de personas entrenadas para hacerte creer en ti y en tus sueños.
Pero la verdad era difícil confiar, porque todo en su vida había parecido una especie de estafa. Y sí, hay mucha gente intentando sanar a otros, pero con los ojos cerrados, como un ciego guiando a otro ciego.
En verdad es difícil confiar cuando llevas años rodeado de tanta incongruencia.
La vida se vuelve pesada cuando no tienes certeza de lo que puedes lograr o alcanzar, ni de a quiénes puedes tocar con tus palabras y acciones.
Algo muy valioso que he tenido presente desde hace años es lo que realmente quiero. La meta quizá era sencilla, poco ambiciosa para algunos, pero profundamente valiosa ahora que lo pienso.
Ese sueño era alcanzar un nivel muy alto de amor propio, haber trabajado en mí misma, ser autosuficiente y sentirme plena. No soñaba con la casa, el dinero o el reconocimiento.
Buscaba lo más vital.
Pero con los años me convencí de que esa era una idea mediocre; que no valía eso que deseaba, que no era nadie por no mostrar evidencia de éxito. Y eso me llevó a tomar decisiones que cambiaron la balanza, priorizando los logros materiales, como les pasa a muchas personas.
Un ejemplo son aquellas personas que pierden mucho dinero o sus casas y no logran superarlo, porque nunca trabajaron en su verdadero valor como personas, siempre atribuyéndolo a algo externo.
El otro día filosofaba sola, imaginando cómo sería un mundo que, en vez de ser capitalista, fuera humanista. Es decir, uno donde lo más importante fuera sentirse valioso y reconocerlo.
Que en la escuela esa fuera la primera meta; incluso en casa: fortalecer esa parte del ser para poder relacionarnos mejor y crear cosas increíbles.
Llegué tan lejos en mi imaginación que pensé que no existirían las guerras ni siquiera las cárceles. Todos luchando por ser mejores, fortaleciendo su ser antes de llenarse los bolsillos.
Desperté de ese sueño y me di cuenta de que sí era posible en mi mundo. Entonces le di la vuelta a la moneda y decidí volver a mi viejo sueño: SER antes que tener.
Eso nos llevaría a dejar de amar las cosas y usar a las personas para obtener lo material; y, en cambio, amar a las personas y usar las cosas para un bien común.
Cualquier millonario, antes de intentar conseguir su primer dólar, necesita cambiar algo: su mentalidad. Eso es lo que lo llevará a volverse imparable y, sobre todo, una persona capaz de inspirar a otros a alcanzar sus sueños.
Porque, al final, muchos quieren ser millonarios para sentirse más seguros. Pero ¿por qué no sería mejor volverse más seguro y entonces convertirse en un visionario?
Nadie logra el éxito por suerte. Todo requiere riesgo, esfuerzo y, sobre todo, un cambio de mentalidad. Una certeza absoluta que te permita nunca dejar de soñar ni de impactar a otros.
No sabía que llevaba años intentando impactar a otros, pero no lograba ser congruente para llegar a más corazones.
Hoy me doy cuenta de que el trabajo interno es un enorme regalo de amor que puedo compartir con otros. Esa abundancia infinita que nace de trabajar en uno mismo diariamente para después entregarlo a los demás.
Y eso es profundamente gratificante: mover corazones, emociones e inspirar a otros a creer en sí mismos.
Es liberador dejarse sostener cuando encuentras a quien puede hacerlo.
Es increíble descubrir que sí existen personas dispuestas a entrenarte para que creas en ti y puedas impactar a otros.
Para mí, una persona de alto impacto es aquella que puede influir en mí para generar un cambio, ya sea positivo o negativo.
Qué increíble sería si conscientemente decidiéramos hacerlo de manera positiva por quienes amamos, y todavía más lejos: influir positivamente en cualquier persona con la que nos relacionemos.
¿Qué sería de este mundo? ¿Qué podría pasar si más personas se atrevieran a mover la balanza y priorizar el bienestar emocional, el valor personal, reparar relaciones inconclusas, perdonar a papá y mamá e incluso reparar daños?
Hacerlo como si no nos quedara tiempo. Porque la verdad es que no sabemos cuándo será el momento de partir.
Pero mientras tanto, podemos decidir vivir diferente.
Podemos decidir hacer algo totalmente renovador: mejorar nuestras conversaciones con nosotros mismos.
¿Cómo se logra?
Sin atajos.
Atravesando el valle oscuro, sacando a flote aquello que llevas años sin hablar, perdonando, amando, reconociendo tu vulnerabilidad, tu valor y tu capacidad de generar cambios duraderos y sostenibles.
Pero siempre haciéndolo en equipo, con las personas correctas, con quienes realmente te aman.
Encontré un espacio lleno de amor, de personas dispuestas a no dejarte caer, a escucharte, confrontarte y mostrarte que tú también puedes hacer lo mismo por otros.
Ellos son una gran familia, y se caracterizan principalmente por parecer un grupo de locos… pero locos por la vida.
Se llaman Discovery Seminars. Y no, esto no es un comercial; es simplemente un acto de amor y reconocimiento hacia lo que lograron en mí.
Me tocaron el alma.
En pocos días me mostraron aquello que llevaba años sin reconocer: esa capacidad innata de impactar y amar a otros, eso a lo que durante años llamaron locura.
Por eso hoy quiero compartir contigo algo que espero toque tu corazón:
• Eres lo más importante en tu vida, aunque nadie te lo diga.
• Eres increíble, aunque no lo veas en el espejo.
• Existen personas con la convicción de hacer de este mundo un lugar mejor, aunque a veces tardemos en encontrarlas.
• El éxito es para quienes toman riesgos; eso no significa poner tu vida en peligro.
• El amor también se construye.
• No te creas todo lo que piensas; al final, todo es una conversación, y puedes cambiarla.
• Si lo crees, lo creas.
• La vida es un riesgo.
• No tenemos todo el tiempo que creemos.
• Ama todo lo que puedas.
• Perdona las veces que sean necesarias.
• Si te caes, no olvides levantarte.
• Si estás cansado, descansa, pero no te rindas.
• La motivación no siempre alcanza; la disciplina sí.
• Eres imparable cuando así lo decides.
• Vuélvete loco por vivir.
• El miedo también es una conversación.
Y si hoy sientes que estás perdido, cansado o desconectado de ti mismo, recuerda algo: todavía estás a tiempo de volver a ti, de reconstruirte y de convertir tu historia en algo que también pueda iluminar la vida de otros.
Si necesitas apoyo o quieres cambiar tu conversación interna, aquí estaré para acompañarte en ese proceso.
Te escribe tu psicóloga de corazón, Diana Carreño, esperando que este mensaje de reflexión y calma llegue a tu vida cuando más lo necesites.