Editoriales

La fe traza y construye puentes 

XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”

Mateo 15, 21-28

¿Podemos hacer juicios, sin más, sobre hechos sucedidos en

siglos pasados?¿Es justo? La respuesta correcta no es fácil para

nadie. Con frecuencia oímos decir a personajes políticos que

hay que revisar, reivindicar y ‘hacer justicia’ sobre tales hechos,

sus secuelas y consecuencias. Se involucraría a personas y

pueblos, visiones jurídicas e ideologías del momento, creencias

religiosas y modos de leer e interpretar la historia.

Si así fuera, no sé cómo le hubiera ido a Jesús y las escuelas de

su tiempo por el pasaje evangélico que la Iglesia escucha este

domingo. Mi duda surge de las palabras que dirige a la mujer

cananea (no judía): “No está bien quitarles el pan a los hijos para

echárselo a los perritos”. La expresión podría sonar ofensiva,

intolerante, despectiva, ideológicamente conservadora. Jesús ya

hubiera sido denunciado ante alguno de nuestros tribunales

por la presunción del delito de misoginia, discriminación,

xenofobia y lo que resulte.

¿Procedería la acusación? ¿Seríamos cómplices los cristianos

del siglo veintiuno? ¿El Evangelio de Jesús caería en descrédito

por no favorecer los derechos humanos de mujeres, migrantes

extranjeros, personas con pensar diferente? Son

cuestionamientos fuertes. Comprender el contexto de ‘aquel

tiempo’ nos puede ayudar a entender las sensibilidades de ‘este

tiempo’.

Detrás del texto que escuchamos, hay una larga historia de

tensiones entre la religión israelita y la del pueblo cananeo,

considerado pagano por los judíos piadosos. Cuando la mujer se

acerca a Jesús ya hay un camino andado de conflictos y

guerras, acercamientos y búsquedas. Entonces acontece algo

inimaginable en aquel tiempo: los discípulos piden a su Maestro

que atienda a la mujer. Jesús profundiza en la respuesta que

da a los suyos y a la mujer. El encuentro de los dos pueblos se

da en la frontera y transforma la relación para bien. Las

diferencias entre las personas y los pueblos se convierten en

espacios de búsqueda, encuentro y acogida.La actitud de la mujer es asombrosamente humilde. Nos

recuerda al centurión, al buen samaritano, al publicano. Su

respuesta es una gran lección de dignidad: “También los perritos

-es decir, los paganos- se comen las migajas que caen de la

mesa de sus amos -es decir, los judíos-”. Jesús, sorprendido, la

levanta y le dice: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Con este gesto se

rompen los muros que dividían a judíos y cananeos. Una vez

más, la fe auténtica es capaz de mover montañas, trazar y

construir puentes.

No hay delito que perseguir. La dignidad de las personas que

intervienen en el relato es respetada y su defensa es propuesta

como tarea permanente de/para todos. La fe de la mujer es la

fe de los sencillos, los limpios de corazón, los comprometidos.

La compasión de Jesús termina por sepultar prejuicios y

perdonar historias tóxicas. La fe de la mujer cananea invita a

aceptar las sanas diferencias como una oportunidad para

construir la paz entre personas, familias y pueblos. “La paz

comienza con la empatía por el dolor del otro” (Cardenal

Parolín).

Con mi afecto y bendición en la gestación de un nuevo ciclo

escolar.

+ Sigifredo

Obispo de/en Zacatecas