Editoriales

Irán empató en la cancha. ¿Pero quién está perdiendo fuera de ella?

Por Manuel Cárdenas

El lunes, Irán debutó en el Mundial con un vibrante empate 2-2 frente a Nueva Zelanda en Los Ángeles. Intenso, de ida y vuelta, con dos remontadas que le arrancaron el aliento a setenta mil personas.

Pero la verdadera historia comenzó mucho antes del silbatazo inicial. Y comenzó, como tantas historias de este tiempo, en una frontera.

La selección iraní no pudo establecerse en Estados Unidos como el resto de los equipos. Su campamento base tuvo que trasladarse a Tijuana. No por elección estratégica. Sino porque las autoridades estadounidenses impusieron restricciones que ninguna otra selección enfrentó.

Para entender por qué, hay que mirar más atrás. Desde la Revolución Islámica de 1979, la relación entre Irán y Estados Unidos ha sido de hostilidad sostenida: sin embajadas, sin vuelos directos, con décadas de sanciones económicas, asesinatos selectivos y acusaciones cruzadas de terrorismo de Estado. Esa muralla no respeta canchas ni uniformes. Y entonces llegó el Mundial.

Estados Unidos firmó ante la FIFA garantizar condiciones equitativas para todos los equipos. Pero cuando llegó el momento, la delegación iraní encontró obstáculos que los obligaron a buscar refugio al sur de la frontera. Tijuana los recibió.

Hay algo que aprieta el pecho en esa imagen.

Jugadores que llevan años en las mejores ligas de Europa, que dejaron atrás a sus familias, que llegaron al torneo más grande del mundo después de años de sacrificio, obligados a vivir en otro país para poder jugar un torneo que, en teoría, los convocó como iguales.

Desde una perspectiva jurídica, ningún Estado renuncia a su soberanía migratoria. Pero cuando una nación acepta organizar una Copa del Mundo, asume una responsabilidad internacional que no puede cumplirse a medias según convenga a su política exterior del momento.

No se trata de simpatizar con el gobierno iraní. Se trata de defender un principio: los pueblos no son sus gobiernos. Un futbolista no diseña la política exterior de su país. Un deportista no debería cargar con el peso de conflictos que jamás provocó.

Por eso resulta tan significativo el papel inesperado de México. Tijuana —la ciudad que el mundo mira con prejuicio, que carga con la incomodidad de ser el espejo de lo que las fronteras le hacen a la gente— terminó siendo el hogar temporal de esos futbolistas. La ciudad fronteriza que sabe mejor que nadie lo que cuesta cruzar encarnó una idea simple y poderosa: los puentes siempre son más útiles que los muros.

Vivimos en una época donde las mercancías cruzan fronteras con más facilidad que las personas. Donde los capitales viajan libremente, pero los seres humanos enfrentan muros cada vez más altos. Eso no es un accidente. Es una elección política.

La imagen más poderosa de este Mundial no fue ninguno de los cuatro goles de aquella noche. Fue ver a una selección cruzar una frontera para poder existir en un torneo que la invitó y luego le puso trabas.

Porque mientras el balón intenta unir al mundo, la política insiste en dividirlo.

¿Queremos un siglo de fronteras cada vez más altas, o un siglo de cooperación cada vez más profunda?

El fútbol, al menos por una noche, ya dio su respuesta.

El 26 de junio, Irán enfrentará a Egipto en Seattle. La pregunta seguirá ahí, esperando.