Editoriales

Inteligencia emocional y responsabilidad afectiva

Esa pareja llevaba horas discutiendo sobre quién tenía la razón. Hacía años que vivían distanciados, compartiendo el mismo techo, pero no la misma vida. Eran dos desconocidos unidos únicamente por algunos recuerdos; dos adultos cansados de sostener una relación sin acuerdos y, quizá, también sin amor.

¿Qué fue lo que desgastó la relación? ¿Las heridas que nunca sanaron? ¿La falta de comunicación? ¿O la ausencia de responsabilidad afectiva? Esa capacidad de reconocer que nuestras palabras, acciones y silencios tienen un impacto en los demás y que, por lo tanto, debemos asumir las consecuencias de ellos.

La inteligencia emocional nos permite reconocer, comprender y gestionar nuestras propias emociones. Nos ayuda a entender que frases como: “Así soy”, “No voy a cambiar”, “Tú me haces enojar”, “Tú me haces ponerme así”, “Por tu culpa estoy así” o “Yo no era así hasta que te conocí”, aunque son muy comunes, reflejan una gran inmadurez emocional. Son expresiones que trasladan la responsabilidad de lo que sentimos a otras personas y que, lejos de resolver un conflicto, lo alimentan.

Amar también implica ser responsables. Responsables de la manera en que hablamos, de cómo expresamos nuestro enojo, nuestras diferencias y nuestras necesidades. Sí importa lo que decimos, pero también cómo lo decimos. Eso es responsabilidad afectiva. Y no solo debe existir con quienes amamos, sino con todas las personas con las que convivimos, porque es una forma de preservar el respeto, la armonía y relaciones más sanas.

Vale la pena hacernos algunas preguntas cuando hablamos de nuestras emociones. ¿Por qué hay personas que se enojan con tanta facilidad? ¿Por qué algunas necesitan gritar para sentirse escuchadas? ¿Por qué otras son incapaces de poner límites o expresar que algo les incomoda? En lugar de hablar, guardan lo que sienten, callan para evitar conflictos y, más tarde, descargan su frustración con otras personas, quejándose de lo mal que fueron tratadas.

Esa forma de actuar alimenta el victimismo: esa postura que nos impide asumir responsabilidad sobre lo que permitimos, sobre aquello que callamos y sobre las veces que fingimos estar bien para evitar incomodidades. Sin darnos cuenta, terminamos siendo víctimas de nuestras propias decisiones y de nuestra falta de límites.

Con el paso de los años, muchas personas normalizan la ausencia de responsabilidad emocional. Le ponen demasiada fuerza al enojo y a la ira, hasta llegar a decir frases como: “Cuando me hacen enojar, agárrense”, como si perder el control fuera motivo de orgullo y no una señal de que existe algo que necesita ser trabajado.

Sin embargo, si aprendiéramos a gestionar nuestras emociones y a comunicarnos de manera asertiva y afectiva, probablemente dejaríamos de herir a quienes nos rodean. También dejaríamos de cargar con el peso de todo aquello que nunca nos atrevimos a expresar y reduciríamos muchos de los conflictos que hoy parecen inevitables.

La violencia que vemos diariamente no surge de la nada. Es el resultado de una cadena de personas que crecieron sin aprender a reconocer, regular y expresar sus emociones de manera saludable. Es consecuencia, en gran medida, de una educación emocional deficiente que comienza desde casa.

Por ello, es indispensable crear conciencia sobre la importancia de enseñar inteligencia emocional a nuestros hijos. Pero, antes que educarlos a ellos, debemos educarnos nosotros mismos como padres, madres y seres humanos. No podemos enseñar aquello que no practicamos.

Nuestra responsabilidad consiste en no permitir que las emociones desbordadas gobiernen nuestras decisiones ni destruyan nuestras relaciones. Se requiere esfuerzo, autoconocimiento, empatía y la voluntad de reconocer nuestros propios errores para crecer.

Estoy convencida de que sí importa lo que decimos y cómo lo decimos. A eso se le llama cultura del respeto y responsabilidad afectiva. Porque todo lo que hacemos y todo lo que expresamos deja una huella en quienes nos rodean.

Entonces surge una pregunta importante: ¿cómo puedo desarrollar mi inteligencia emocional si ya me di cuenta de que estoy teniendo conflictos en diferentes áreas de mi vida?

El primer paso es asumir la responsabilidad de nuestras emociones. Después, aprender a identificarlas, expresarlas de manera saludable y dejar de esperar que los demás resuelvan aquello que solo nosotros podemos trabajar. Muchas veces evitamos conversaciones difíciles para no generar conflictos; sin embargo, el conflicto no desaparece. Se transforma en enojo, frustración, culpa, resentimiento y silencio acumulado.

Al final, terminamos siendo víctimas de nuestra propia irresponsabilidad emocional. Y es ahí donde comienza el verdadero cambio: cuando dejamos de señalar hacia afuera y empezamos a mirar hacia adentro.

Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma lleguen a tu vida cuando mas lo necesites.