Editoriales

El arte de saber escuchar

El otro día, durante una entrevista de radio, me quedó muy grabada esta frase: muchas personas conversan y discuten para entenderse, pero no para comprenderse.

Esa frase me dejó pensando en qué clase de conversaciones estaba teniendo con mi pareja últimamente, o con las demás personas que forman parte de mi vida. Quizás la dinámica de todos los días era hablar para llegar a un acuerdo, para defender un punto de vista o para demostrar quién tenía la razón. Y, siendo honesta, muchas veces terminaba esas conversaciones enojada, cansada o con un sentimiento incómodo en el pecho.

Creo que eso pasa porque, sin darnos cuenta, llegamos a las conversaciones con la intención de responder, de convencer o de ganar. Queremos encontrar el mejor argumento para cerrar la plática, aunque el corazón siga sintiéndose igual de distante.

Pero entonces me hice una pregunta:

¿Cuándo fue la última vez que conversé realmente para comprender?

Y cuando hablo de comprender, me refiero a escuchar con el corazón. A dejar de pensar unos minutos en lo que voy a contestar para poner atención en lo que la otra persona realmente está sintiendo. A escuchar desde esa empatía que, estoy convencida, todos tenemos, aunque a veces la tengamos un poco olvidada.

Quizás alguien dirá: “Hay personas que simplemente no saben escuchar”. Y puede ser que algunas todavía estén aprendiendo. Pero yo creo que escuchar también es un hábito, una decisión que se practica todos los días. Al menos para mí ha sido un descubrimiento que llegó cuando empecé a cansarme de las conversaciones vacías y de las respuestas automáticas.

Con el tiempo también me he encontrado con personas que sí saben escuchar. Y, la verdad, hasta me sorprende que todavía exista gente capaz de dejar el celular a un lado para regalarte unos minutos de atención completa.

Esas conversaciones son un descanso para el alma.

Son pláticas que te hacen sentir visto, comprendido y acompañado. Son conversaciones que, aunque no resuelvan todos tus problemas, logran hacer que el peso sea un poquito más ligero. Sales de ahí con esperanza, con ideas nuevas y, muchas veces, hasta con una sonrisa.

Sobre todo esas conversaciones de café que, ¡híjole!, últimamente me inspiran muchísimo. De esas donde una idea lleva a otra, donde nacen proyectos, sueños y ganas de seguir construyendo cosas bonitas. Creo que ya les conté uno de mis secretos para inspirarme: sentarme a conversar con personas que hablan desde el corazón.

Hoy les escribo justamente desde ese lugar.

No quiero que solamente lean estas palabras. Me gustaría que pudieran sentirlas. Que conectaran conmigo como si estuviéramos compartiendo una taza de café. Y quién sabe… tal vez un día pasemos de solo leernos a tener una conversación. Al final, Tecate es una ciudad pequeña y la vida es demasiado corta para dejar pendientes las palabras importantes.

Y ahora quiero preguntarte algo:

¿De qué te has dado cuenta últimamente?

Ya sé, probablemente muchos responderán que de la inseguridad que vivimos en nuestra ciudad. Es un tema que aparece todos los días y que, tristemente, se ha vuelto parte de nuestras conversaciones. Es una realidad que no podemos negar.

Pero también me he dado cuenta de otra cosa.

Por más que quiera mantenerme informada, mi vida no puede girar únicamente alrededor de las malas noticias. No quiero que el miedo sea el único tema de conversación.

He escuchado a muchas personas que, en lugar de quedarse atrapadas en el terror, están buscando regresar a su paz. Algunas lo hacen por medio de la oración, otras caminando, leyendo un libro, abrazando a sus hijos, escuchando música o simplemente regalándose un momento de silencio.

Y eso no significa ignorar lo que pasa.

Significa reconocer que hay cosas que están fuera de nuestro control y que, aun así, seguimos teniendo el derecho de cuidar nuestra tranquilidad.

Las malas noticias seguirán existiendo. El miedo seguirá tocando la puerta de vez en cuando. Pero también seguirá saliendo el sol cada mañana, seguirán cantando los pájaros y seguirá existiendo gente buena haciendo pequeñas acciones que cambian la vida de alguien más.

Yo quiero formar parte de esas personas.

Por eso trato de generar espacios donde podamos respirar un poco. Lo hago desde la radio, escribiendo estas reflexiones y también en los círculos de mujeres que realizamos cada mes en el Parque del Profesor. No porque tenga todas las respuestas, sino porque creo profundamente que acompañarnos también sana.

Quizás ese sea mi granito de arena para esta ciudad que tanto quiero.

Porque, aunque parezca algo pequeño, una conversación puede cambiar un día. Y un día puede cambiar una vida.

Saber escuchar es un regalo que todos podemos desarrollar.

Últimamente me he descubierto poniendo atención al canto de los pájaros. No sé qué dicen. No entiendo su lenguaje. Pero algo dentro de mí se tranquiliza cuando los escucho. Y quizá eso ya es suficiente.

Tal vez no siempre necesitamos comprender cada palabra para recibir el mensaje.

Sin embargo, entre los seres humanos pasa algo muy distinto. Muchas veces el verdadero mensaje se pierde tratando de defender una opinión, una idea, una creencia o simplemente nuestro propio ego.

Y entonces dejamos de escuchar.

Hacer a un lado esa necesidad de tener siempre la razón también es un acto de valentía. Es permitirnos ser vulnerables. Es abrir espacio para conocer al otro desde un lugar más humano y, por qué no decirlo, también más espiritual.

No lo digo como psicóloga. Lo digo como una mujer que sigue aprendiendo todos los días. No es una verdad absoluta; es una reflexión que nace de mi propia experiencia.

Porque también me he preguntado:

¿Qué hacemos cuando queremos escuchar, pero lo único que recibimos son reclamos, críticas, chantajes, culpas o palabras que nos ponen a la defensiva?

No es sencillo.

Tampoco podemos ir por la vida corrigiendo la manera en que todos se comunican.

Pero sí podemos intentar escuchar un poco más allá de las palabras.

Muchas veces, detrás del enojo, hay miedo.

Detrás de un grito, hay dolor.

Detrás de una crítica, hay una necesidad que no ha sabido expresarse.

Y detrás de muchas discusiones, hay dos personas que solo quieren sentirse comprendidas.

Uno de los errores más comunes al comunicarnos no está solamente en lo que decimos, sino en la manera en que lo decimos.

Porque cuando el mensaje llega envuelto en gritos, sarcasmos, desprecio o palabras agresivas, la otra persona deja de escuchar el verdadero fondo de lo que queríamos expresar.

El mensaje se pierde.

Y lo único que queda es la herida.

Imagino cómo sería nuestra ciudad si poco a poco aprendiéramos a conversar desde la verdad y desde la vulnerabilidad.

Quizás habría menos necesidad de demostrar quién tiene la razón y más deseo de comprendernos.

Quizás escucharíamos más historias de personas ayudándose unas a otras.

Quizás volveríamos a creer que todavía existen motivos para tener esperanza.

Hoy quiero invitarte a hacer una pausa.

En medio del ruido, de las preocupaciones y de las prisas, busca unos minutos de silencio.

Pregúntate:

¿Qué es eso que me da paz?

¿Qué necesito escuchar de mí para poder escuchar mejor a los demás?

A veces la primera persona que necesita ser escuchada somos nosotros mismos.

Cuéntame.

Escríbeme.

Me encantará saber qué piensas, qué has descubierto y qué conversaciones han marcado tu vida.

Te escribe Diana Carreño, con el deseo de que estas palabras lleguen a ti justo cuando más las necesites.

Y recuerda escuchar Sintonía al Corazón, todos los jueves de 12:00 a 1:00 de la tarde, aquí en California Medios, por 88.5 Super KT y Power 98.3 FM.