
El Grupo Ollamani reportó un impacto financiero de 813 millones de pesos por las operaciones relacionadas con el Mundial 2026. La cifra no responde a una falta de público, sino a los compromisos asumidos para ser sede, al modelo comercial de FIFA y al conflicto por los palcos del Estadio Banorte
El Mundial de 2026 fue un éxito de asistencia. Los estadios registraron entradas récord, la FIFA reportó ingresos históricos y millones de aficionados acudieron a los encuentros en México, Estados Unidos y Canadá.
Sin embargo, el Grupo Ollamani, propietario del Estadio Banorte —el histórico Estadio Azteca—, reportó un impacto financiero de aproximadamente 813 millones de pesos, unos 47 millones de dólares, relacionado con la organización del torneo.
La cifra abrió una pregunta: ¿cómo puede un estadio lleno representar una pérdida para su propietario?
La respuesta está en el modelo de operación de la FIFA y en los compromisos que adquieren los países y recintos que son elegidos como sedes mundialistas.
Ser sede implica aceptar condiciones de FIFA
Los acuerdos para organizar una Copa del Mundo no comienzan cuando se juega el torneo, sino desde el proceso de candidatura.
Para obtener la sede del Mundial 2026, México, Estados Unidos y Canadá presentaron una candidatura conjunta que fue elegida por la FIFA en junio de 2018.
Antes de la designación, México tuvo que presentar garantías gubernamentales exigidas por el organismo rector del fútbol mundial. En enero de 2018, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, se firmaron compromisos que incluían facilidades fiscales, aduaneras, migratorias, comerciales y de seguridad para permitir la realización del campeonato.
Estas garantías forman parte del modelo habitual de FIFA para sus torneos internacionales y buscan asegurar que los países anfitriones adapten sus leyes y operaciones a las necesidades del evento.
En el caso de los estadios, los acuerdos contemplan que durante el Mundial la FIFA obtiene el control de aspectos comerciales del recinto, como la explotación de la marca del torneo, la publicidad oficial, los derechos de hospitalidad y la venta de entradas.
Esto significa que un estadio puede estar lleno y generar una enorme exposición internacional, pero sus propietarios no necesariamente reciben todos los ingresos comerciales producidos durante la competencia.
El caso del Estadio Banorte
En el caso del inmueble de la Ciudad de México, Ollamani informó que el impacto financiero corresponde a las llamadas “operaciones FIFA”, que incluyen la cesión del estadio como sede mundialista, gastos de organización, adecuaciones y compromisos relacionados con los espacios privados del inmueble.
Uno de los puntos más complejos fue el conflicto con los propietarios de palcos y plateas.
Después de un proceso legal, Ollamani tuvo que asumir ante la FIFAel costo relacionado con aproximadamente 15 mil asientos destinados a los titulares de estos espacios durante los partidos del Mundial.
A esto se sumaron inversiones para modernizar el estadio, entre ellas mejoras en infraestructura, capacidad operativa y digitalización, gastos que la empresa considera inversiones de largo plazo y no únicamente costos del torneo.
Por ello, el impacto reportado por Ollamani no significa que el Estadio Banorte haya perdido dinero porque no hubo aficionados o porque el Mundial fracasara, sino que refleja las obligaciones económicas asumidas para convertirse en una sede mundialista.
¿Quién gana con el negocio del Mundial?
Mientras los propietarios de algunos estadios enfrentan costos de operación y adaptación, la FIFA concentra buena parte de los ingresos generados por la competencia a través de derechos televisivos, patrocinadores, mercadotecnia y otros acuerdos comerciales.
La organización informó que el ciclo mundialista 2026 alcanzó ingresos superiores a los 15 mil millones de dólares, una cifra récord para el torneo.
En contraste, las ciudades anfitrionas dependen principalmente de la derrama económica indirecta: turismo, restaurantes, transporte, comercio y servicios.
En México, sectores como alimentos, entretenimiento y comercio recibieron parte del impacto económico generado por la llegada de aficionados, aunque las expectativas iniciales de turismo internacional estuvieron por debajo de lo previsto.
La polémica por la exención fiscal
Otro de los puntos de debate fue el tratamiento fiscal otorgado a la FIFA.
Durante la preparación del Mundial, tanto la coordinadora del Gobierno mexicano para la organización del torneo, Gabriela Cuevas, como la presidenta Claudia Sheinbaumseñalaron que las exenciones fiscales no significaban que toda la actividad económica relacionada con la Copa del Mundo quedara libre de impuestos.
Ambas explicaron que los beneficios fiscales estaban limitados a las operaciones propias de FIFA vinculadas directamente con la organización del torneo y las actividades dentro de los estadios.
Esto significa que consumos y servicios fuera de los recintos deportivos, como hoteles, restaurantes, transporte, comercio y otras actividades económicas relacionadas con visitantes y aficionados, continuaron sujetos al régimen fiscal mexicano.

Un negocio exitoso para FIFA, pero con costos distribuidos de forma distinta
El caso del Estadio Banorte muestra una diferencia clave en la economía de los grandes eventos deportivos: el éxito del torneo no siempre significa ganancias directas para todos los actores involucrados.
La FIFA obtiene los principales ingresos comerciales del campeonato, mientras que los países, ciudades y propietarios de estadios asumen inversiones y compromisos para garantizar que el evento pueda desarrollarse.
con información de Publimetro