
Cuando hablamos de amor propio, muchas veces pensamos en consentirnos, darnos un gusto, descansar o decirnos cosas bonitas frente al espejo. Y sí, todo eso puede formar parte del amor propio, pero hay algo mucho más profundo: aprender a cuidarnos en la manera en que nos relacionamos con los demás y con nosotras mismas.
Una de las formas más importantes de hacerlo es poniendo límites sanos.
Un límite no es levantar una pared entre nosotros y los demás, ni significa volvernos egoístas, fríos o indiferentes. Un límite es reconocer dónde termino yo y dónde comienza el otro. Es poder decir: “Esto sí quiero, esto no; esto puedo darlo y esto ahora no me es posible”, sin sentir que tengo que justificar constantemente mis necesidades.
Muchas veces aprendemos a decir que sí para evitar conflictos, para no decepcionar, para que no se enojen con nosotros o porque queremos sentirnos queridos. Y poco a poco podemos terminar diciendo “sí” a los demás mientras nos decimos “no” a nosotros mismos.
Ahí es donde vale la pena preguntarnos: ¿cuántas veces he traicionado mis propias necesidades por mantener tranquila una relación?
Poner límites sanos comienza por escucharnos. Antes de preguntarnos “¿qué necesita el otro de mí?”, podemos empezar a preguntarnos: “¿qué necesito yo en este momento?”. Tal vez necesito descansar, pedir ayuda, tener tiempo para mí, expresar algo que me incomoda o simplemente dejar de hacer algo que ya no quiero hacer.
También es importante entender que poner un límite puede generar incomodidad. Y eso no significa que estemos haciendo algo malo. A veces la culpa aparece precisamente porque estamos haciendo algo diferente a lo que hemos aprendido. Si durante mucho tiempo estuvimos disponibles para todos, comenzar a decir “no” puede sentirse extraño.
El límite sano no busca controlar al otro; busca cuidar mi bienestar y hacerme responsable de lo que sí está bajo mi control: mis decisiones, mis palabras, mis tiempos y mis acciones.
Por ejemplo, no puedo decidir cómo reaccionará alguien cuando le diga que no puedo ayudarle, pero sí puedo decidir expresarlo con respeto: “Hoy no puedo hacerlo, necesito ocuparme de mí”. No puedo evitar que alguien se moleste, pero puedo evitar abandonarme a mí misma para conseguir que esa persona esté contenta.
Y aquí aparece una idea fundamental: el amor propio no siempre se siente como amor; a veces se siente como valentía.
Porque cuidarme también significa reconocer cuándo algo me lastima, dejar de justificar lo que me hace daño, pedir lo que necesito y aceptar que no todas las personas estarán de acuerdo con mis límites.
Un buen punto de partida puede ser preguntarnos:
¿Dónde estoy dando más de lo que puedo?
¿Dónde estoy diciendo “sí” cuando en realidad quiero decir “no”?
¿Qué necesidad mía he estado posponiendo?
¿Qué límite necesito comenzar a expresar con respeto?
Cuidarnos desde los límites sanos no significa alejarnos de los demás. Significa aprender a relacionarnos sin abandonarnos.
Porque, al final, el amor propio también es esto: hacer espacio para los demás sin dejarme fuera de mi propia vida.
Te escribe tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma llegue a tu vida cuando más lo necesites.
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