Editoriales

El desapego

El otro día sentía emoción por la nueva adquisición, pero culpa también por lo que costó, por el dinero que había gastado y por las cosas que había dejado de comprar para darme ese gusto. Todas esas emociones y pensamientos por un solo objeto, que quizá no valdría nada sin todo lo que las personas nos hacen sentir. Y no es el objeto lo que realmente nos importa, sino todo lo que hay detrás de nosotros.

Pienso que en esta vida, todo lo que vemos es materia y, por lo tanto, tiene un tiempo de existencia. Los objetos, los recuerdos, las experiencias, la juventud, un amor que ya no es, por ejemplo. Nos aferramos a un buen recuerdo, a nuestras experiencias, a cosas materiales, costosas y otras no tanto: un pedazo de papel, una foto, una manta, un carro, una obra de arte. Cosas que no nos llevaremos a ningún lado cuando abandonemos este cuerpo.

Es más, podemos tener apego a algo que ha sucedido, a un sueño, a eso que todavía no se ha materializado. Por ejemplo, una creencia o idea de la felicidad al final del arcoíris. Cuando pensamos que al adquirir un grado escolar, un puesto, una casa, un carro o una pareja, tener hijos o celebrar una boda, ese será el momento más feliz, estamos condicionando nuestra felicidad a que algo suceda. Y si por alguna razón no llega ese momento, nos frustramos. La felicidad se condiciona, por eso, a lo que tenemos apego. Y no es más que una adherencia de lo material con el ego, eso que le hace bien a tu ego, por lo cual te sientes seguro y en control.

Pero ¿qué pasaría si aprendiéramos a disfrutar de las cosas sin sentir que necesitamos conservarlas para siempre? Quizá podríamos experimentar la alegría de tenerlas sin vivir con el miedo de perderlas.

Porque, en realidad, no hay nada más liberador que desapegarnos de todo mientras estamos vivos. Quizá cuando crucemos la luz ya no habrá apego, ya no habrá ego. Pero la experiencia de vivir nos exige tener y perder, un millón de veces, algo que nunca vamos a poseer por completo. Ni siquiera nuestros recuerdos permanecen intactos para siempre; el tiempo los transforma, los difumina y, a veces, hasta los olvidamos.

Considero que lo más difícil de desapegarnos es de quienes amamos: nuestros hijos, principalmente, nuestras parejas, nuestros padres o amigos. Es una realidad que nadie quiere vivir, sin embargo, es inevitable. Cada día que pasa, algo cambia; el tiempo avanza y nuestra memoria también va perdiendo detalles. La mayoría de nosotros ni siquiera recuerda cada segundo de su propia vida. Y, aun así, nos cuesta aceptar que nada permanece exactamente igual.

¿No te ha pasado que te da mucho coraje que un objeto que adquiriste se dañe o se desgaste? Esa sensación de frustración porque algo no es perfecto, porque todo se deteriora y porque las cosas no duran para siempre. Pero te tengo una buena noticia: nada es tuyo para siempre, y quizá nunca lo fue realmente. Nada material te llevarás cuando te vayas. Así que disfruta eso que tanto te hace feliz; el tiempo que dure, no importa. Úsalo, abrázalo, ponlo donde se vea mejor o dale un lugar especial en tu corazón.

También puede haber apego a nuestras creencias, a nuestros rencores, a aquello que nos lastimó y que, aunque nos cuesta reconocerlo, seguimos cargando. A veces nos aferramos tanto al dolor, al resentimiento o al odio hacia alguien, que terminamos construyendo parte de nuestra identidad alrededor de eso. Y entonces surge una pregunta: ¿quiénes seríamos si dejáramos de odiar aquello que hoy odiamos? ¿Qué quedaría de nosotros si soltáramos esa creencia que hemos defendido durante tantos años, ese rencor que nos recuerda quién nos lastimó o esa necesidad de tener la razón?

Quizá nos cuesta soltar porque, de alguna manera, también nos hemos acostumbrado a ser quienes somos a través de esas heridas. Porque dejar ir no solo significa desprendernos de algo o de alguien, sino también enfrentarnos a la posibilidad de ya no reconocernos sin aquello a lo que tanto nos hemos aferrado. Y tal vez ahí radica una de las partes más difíciles del desapego: comprender que no somos nuestras creencias, nuestros rencores ni las cosas que nos hicieron daño. Somos mucho más que eso, aunque a veces nos cueste descubrir quiénes somos cuando dejamos de cargarlo.

En verdad, considero que el desapego es una de las muertes del ego, y quizá una de las que más nos cuesta atravesar. Ese aferramiento de no querer soltar, de seguir siendo quienes creemos que somos, de defender lo que pensamos y de conservar incluso aquello que nos hace daño, solo porque hemos aprendido a vivir con ello.

La idea de las cosas que vivimos es que deberían ser diferentes. Como el hecho de que no te guste tu trabajo o que te sientas infeliz con tu relación de pareja. Porque muchas veces nos cuesta atravesar lo incómodo, la soledad, la dificultad, esa sensación de no querer aceptar lo que está sucediendo. Queremos que las cosas sean diferentes, que las personas actúen como esperamos, que la vida suceda como la imaginamos.

Pero ¿qué pasaría si comenzáramos a observar todo aquello a lo que nos aferramos? ¿Qué hay detrás de esa necesidad de tener, de conservar, de controlar o de no querer soltar?

Quizá descubriríamos que no siempre estamos aferrados a las cosas o a las personas, sino a lo que representan para nosotros: seguridad, identidad, reconocimiento o la sensación de tener el control. Incluso podemos aferrarnos al dolor porque, aunque nos haga sufrir, es algo conocido. Y a veces lo conocido nos parece más seguro que la incertidumbre de descubrir quiénes somos sin ello.

No se trata de dejar de sentir, de no desear o de volvernos indiferentes ante la vida. Se trata de comprender que todo tiene un tiempo y que, aunque podamos disfrutar de las cosas mientras forman parte de nuestra existencia, no podemos exigirles que permanezcan para siempre.

Porque quizá el verdadero desapego no consiste en dejar de disfrutar lo que tenemos, sino en dejar de creer que nuestra felicidad depende de conservarlo. Tampoco significa dejar de luchar por lo que queremos, sino aprender a distinguir entre aquello que podemos transformar y aquello que necesitamos aceptar.

Y tú, ¿a qué te estás aferrando hoy? ¿A una persona, a una idea, a un recuerdo, a una expectativa, a un rencor o a una versión de ti que ya no existe?

Quizá valdría la pena preguntarnos si eso a lo que tanto nos aferramos realmente nos hace felices o si, por el contrario, nos está impidiendo descubrir quiénes podríamos llegar a ser cuando finalmente nos atrevemos a soltar.

Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma llegue a ti cuando más lo necesites.

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