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Justicia laboral: El torneo de mentiras, cuatro años después

Hace cuatro años escribí en estas mismas páginas un artículo al que titulé «Torneo de mentiras. Un reto para los nuevos jueces laborales». En aquel momento, Baja California se encontraba a las puertas de estrenar sus tribunales laborales. Las Juntas de Conciliación y Arbitraje estaban por quedar atrás, y una de las grandes apuestas de la reforma era la inmediación: que el juez estuviera realmente presente, escuchara directamente a las partes y a los testigos, formulara preguntas y pudiera advertir contradicciones que muchas veces se perdían entre cientos de hojas de un expediente.

Cuatro años después, creo que ya podemos comenzar a contestar aquella pregunta. La inmediación sí ha servido. Quienes litigamos ante los nuevos tribunales hemos encontrado jueces mucho más proactivos y, en general, más flexibles durante el desahogo de las pruebas. Esto se nota particularmente en la testimonial y en la confesional o declaración de parte.

El interrogatorio ya no tiene necesariamente aquella rigidez casi ceremonial que durante años caracterizó al procedimiento escrito. El juez puede preguntar directamente, pedir aclaraciones y tratar de esclarecer lo que realmente ocurrió. Y eso se siente en una audiencia. Quien escucha personalmente al testigo puede advertir una vacilación, una contradicción, una respuesta demasiado aprendida o una explicación que simplemente no encaja con el resto de los hechos. En ese sentido, la reforma funcionó. Pero las mentiras no desaparecieron. Siguen aflorando.

Hace cuatro años hablaba de un «torneo de mentiras». Hoy, después de varios años litigando bajo el nuevo sistema, no estoy seguro de retirar la expresión. A veces continúa ganando quien logra presentar la mentira más creíble.

Un trabajador afirma que determinada persona lo despidió a cierta hora y en determinado lugar. El patrón responde que aquello jamás ocurrió. Hasta ahí parecería sencillo. Pero la ley ya no permite que la simple negativa del despido resuelva el problema de la carga probatoria. Tampoco basta aquella vieja fórmula de negar el despido y ofrecer el trabajo. Entonces comienza otra batalla: ¿cómo se demuestra que algo no ocurrió? ¿Cómo acredita una empresa que determinada persona no pronunció una frase, que no estaba en determinado lugar o que jamás sostuvo aquella conversación?

La teoría probatoria nos dirá, correctamente, que los hechos negativos pueden demostrarse mediante hechos positivos incompatibles con ellos. Si se afirma que un gerente despidió personalmente al trabajador en Tijuana a las diez de la mañana, quizá pueda acreditarse que a esa misma hora se encontraba en Mexicali, en una reunión, tomando un vuelo o participando en otro acontecimiento verificable. Eso parece razonable.

El problema aparece cuando la defensa comienza a necesitar una historia completa para demostrar que la historia contraria nunca sucedió. Y ahí volvemos al torneo. Surgen testigos, horarios, reuniones, mensajes, bitácoras y explicaciones acerca de dónde estaba cada persona y qué estaba haciendo. Algunas serán absolutamente verdaderas. Otras, quizá no tanto.

Porque acreditar un hecho negativo puede convertirse, en determinados casos, en una auténtica prueba diabólica: demostrar que algo que la contraparte afirma simplemente nunca sucedió. Y frente a esa dificultad aparece una tentación procesal muy antigua: si la otra parte construyó una historia, construir otra mejor. No estoy justificándolo. Estoy describiendo lo que quienes litigamos sabemos que ocurre.

Y aquí creo que está el problema verdaderamente cultural. No solamente de trabajadores o patrones. Sobre todo, de nosotros, los abogados. Durante muchos años aprendimos a litigar pensando que defender correctamente un asunto implicaba tener una explicación para cada afirmación contraria. Si el trabajador decía una cosa, había que construir otra; si presentaba dos testigos, había que encontrar dos testigos; si ubicaba el despido en determinado lugar, había que demostrar que el supuesto despedidor estaba en otro.

Poco a poco, la frontera entre defender los hechos y fabricar una versión procesal de los hechos podía hacerse peligrosamente delgada. Y ninguna reforma laboral puede modificar por decreto esa cultura.

La oralidad ayuda. La inmediación ayuda. Un juez que pregunta, confronta versiones y escucha personalmente a quienes estuvieron involucrados tiene muchas más posibilidades de descubrir contradicciones que quien solamente lee declaraciones meses después. También hoy existen herramientas que hace algunos años apenas utilizábamos: vídeos, WhatsApp, registros electrónicos de asistencia, correos, geolocalizaciones, CFDI, movimientos ante el Seguro Social y toda una huella digital que puede confirmar o destruir una historia.

Pero tampoco debemos engañarnos. La tecnología puede probar la verdad, y también puede ayudar a construir una mentira mucho más sofisticada.

Por eso, cuatro años después, creo que mi pregunta de 2022 estaba incompleta. El verdadero reto no era únicamente saber si los nuevos jueces serían capaces de descubrir quién mentía. Era preguntarnos si nosotros, los litigantes, estábamos dispuestos a dejar de construir los juicios alrededor de la mentira. Y esa respuesta todavía no la tengo.

La reforma cambió las instituciones, los procedimientos, la forma de interrogar y la presencia del juez. Lo que todavía no estoy seguro de que haya cambiado es nuestra cultura de litigio. El torneo continúa, solo que ahora tenemos mejores árbitros.

Y quizá el verdadero desafío consista en que algún día deje de ganar quien presenta la mentira más creíble, y empiece a ganar, simplemente, quien logra demostrar la verdad.

con informacion de jornada BC