
Por Manuel Cárdenas
Hay eventos que llegan como una fiesta y hay fiestas que, sin darnos cuenta, terminan revelando las desigualdades que desde hace muchos años, solo se ocultaban debajo de la alfombra.
El Mundial de 2026 será una celebración global. Millones de personas cruzarán fronteras, llenarán estadios, consumirán en restaurantes, ocuparán hoteles y recorrerán ciudades. En Baja California, particularmente en la región fronteriza, veremos una derrama económica importante. Habrá oportunidades para comerciantes, prestadores de servicios, transportistas y pequeños empresarios. Eso es una buena noticia.
Pero, ¿Qué pasa cuando el derecho al espectáculo comienza a competir con el derecho a la vivienda?; Porque mientras el mundo observa los reflectores del fútbol, miles de familias en Tijuana, Playas de Rosarito, Tecate y Mexicali siguen enfrentando una realidad menos luminosa, la dificultad creciente para encontrar una vivienda digna, cercana a sus centros de trabajo y compatible con sus ingresos.
Y usted dirá, ¿Qué tiene que ver esto con la Navidad? Pues el tema ha sido paulatino, pero hoy veremos el combustible acelerador del fuego, pues ya se prepara el sector inmobiliario para darle una nueva subida a los precios, rentas, ventas, Airbnbs, gentrificar la frontera un poquito para el mundial, ¿Por qué no?
La frontera es un territorio peculiar. Aquí el mercado inmobiliario no responde únicamente a la economía mexicana. También responde al precios del dólar, a la dinámica binacional, a la migración, al turismo, a la inversión especulativa y, cada vez más, a las plataformas digitales de hospedaje temporal.
En términos simples, mientras una familia busca dónde vivir, alguien más está calculando -especulando- cuánto puede ganar rentando la misma vivienda por días o semanas, ¡Y en dólares!.
Y cuando eso ocurre de manera masiva, el mercado deja de preguntarse quién necesita una casa y comienza a preguntarse quién puede pagar más por ella. Ahí, ¡si!, ahí, es cuando la vivienda deja de ser hogar para convertirse en activo financiero.
Deja de ser refugio para convertirse en mercancía. Deja de ser un derecho para convertirse en privilegio.
No es un fenómeno exclusivo de Baja California. Ha ocurrido en ciudades de Europa, América Latina y Estados Unidos. Barcelona, Lisboa, Nueva York y Ciudad de México han enfrentado procesos similares. Los expertos lo identifican como una de las expresiones más visibles de la financiarización de la vivienda, la transformación del espacio habitacional en un instrumento de acumulación de riqueza.
Lo preocupante es que la frontera bajacaliforniana ya presentaba síntomas antes del Mundial. Las rentas han aumentado durante años a ritmos superiores al crecimiento salarial. Muchas familias destinan una proporción cada vez mayor de sus ingresos al pago de vivienda. Los jóvenes encuentran más difícil independizarse. Los trabajadores deben desplazarse a mayores distancias. Los desarrollos inmobiliarios se multiplican, pero no necesariamente para quienes más necesitan una vivienda.
Y ahora llega un evento global que podría acelerar esa tendencia. Pero no malinterprete estas letras, no es que el Mundial sea malo, sino que, los mercados suelen reaccionar con rapidez cuando perciben oportunidades de rentabilidad extraordinaria.
La discusión no debería centrarse en impedir la inversión ni en combatir el turismo. La inversión es necesaria. El turismo genera empleo. El crecimiento económico es importante.
La pregunta correcta es otra, ¿Cómo aseguramos que la prosperidad generada por estos eventos no expulse a quienes construyen diariamente nuestras ciudades?
Ahí es donde se han enfocados los esfuerzos de los gobiernos, se ha colocado sobre la mesa una discusión que durante décadas fue relegada y nomas maquillada de azul y a veces de rojo.
La vivienda no puede seguir siendo entendida exclusivamente como un negocio, debe ser reconocida como un derecho humano.
Por ello cobran relevancia programas impulsados por el Gobierno de México, del Estado e incluso el Municipal, como el fortalecimiento del papel del programas sociales para una vivienda para el bienestar, más digna -realmente digna-, la construcción de vivienda social, la recuperación de vivienda abandonada y los proyectos mpulsados durante la administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Detrás de estas políticas existe una idea sencilla pero poderosa, el mercado por sí solo no resolverá la crisis de vivienda.
Si se deja actuar únicamente a la lógica de la oferta y la demanda, las viviendas tenderán a dirigirse hacia quienes tienen mayor capacidad económica, no hacia quienes tienen mayor necesidad.
Alrededor del mundo se han comenzado a discutir instrumentos como:
● regulación de zonas tensionadas;
● incentivos a la vivienda social;
● control de aumentos abusivos de renta;
● fortalecimiento del arrendamiento asequible;
● límites a la concentración especulativa de inmuebles;
● regulación de plataformas de hospedaje temporal.
No se trata de castigar la propiedad privada, se trata de equilibrar derechos, porque una ciudad que expulsa a sus maestros, enfermeras, obreros, policías, estudiantes y trabajadores de servicios termina convirtiéndose en un escaparate hermoso, pero vacío de comunidad. Las ciudades no son edificios, las ciudades las hacemos las personas.
Quizá esa sea la gran lección que Baja California debe extraer del Mundial, mientras el mundo celebra goles, nosotros debemos preguntarnos quién podrá seguir viviendo cerca de su trabajo, quién podrá pagar una renta dentro de cinco años y quién tendrá acceso a una vivienda digna para formar una familia.
Porque al final, cuando se apagan las luces del estadio, cuando los turistas regresan a casa y cuando termina la última transmisión televisiva, lo que permanece no son los festejos.
Lo que permanece son los barrios.
Las colonias.
Las familias.
Los sueños cotidianos de quienes habitan esta frontera.
Y ninguna derrama económica será verdaderamente exitosa si para conseguirla terminamos desplazando precisamente a quienes le dan vida a nuestras ciudades. Reflexionemos.
Les mando un abrazo, Manuel Cárdenas.
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