
“Dejar de perseguir metas”.Eso fue lo que le dije al entrenador aquel día, harta de escuchar tantas cosas sobre cómo debería vivir mi vida, cansada de seguir expectativas ajenas. Pero también estaba harta de vivir como víctima, de buscar la felicidad, el éxito, lo bonito y, el placer, de alguna manera que ni siquiera había disfrutado.
Cansada de buscar cursos, reconocimiento y aprobación. De necesitar que alguien me dijera que lo que estaba haciendo era válido, valioso e importante.
Pero ¿quién lo decide?
¿Un grupo de personas? ¿Las expectativas de los demás? ¿O quizá ya es momento de volver la mirada hacia mí misma, para que, desde ahí, las personas puedan recibir algo valioso de mí, un pedacito de mí, por amor?
Por ese amor que mueve al mundo. Por esa inspiración que nos recuerda que estamos vivos. Por haber soltado el ego. Por haber entendido cómo se juega este juego llamado vida, sin tener que pelear con el mundo.
Dar y recibir sin miedo. Visualizar algo más grande que mi propio beneficio.
Hoy estoy aquí, atreviéndome a decirle que sí a los retos que me pone la vida. Y quiero invitarte a hacer lo mismo.
A atreverte a vivir más allá de lo que te dijeron que era mejor para ti. Más allá de aquello que supuestamente tenías que hacer para tener éxito, ganar mucho dinero o ser alguien importante.
Hemos recibido miles de consejos sobre cómo vivir: con quién relacionarnos, con quién no, qué estudiar, qué hacer, qué evitar. Muchas veces, incluso de personas que no nos conocen realmente.
Y pasamos la vida buscando afuera aquello que siempre ha estado dentro de nosotros: nuestros talentos, nuestros sueños, nuestros anhelos.
Sin escuchar esa intuición que muchas veces ni siquiera sabemos explicar. No sabemos si es Dios, si somos nosotros mismos hablando desde un lugar más profundo o si existe algo más grande que nos guía.
Y vuelvo a decirlo: buscamos afuera lo que siempre ha estado dentro de nosotros.
Buscamos en todos lados, menos en la fuente. Esa fuente que parece saberlo todo. Esa que, de alguna manera, nos lleva siempre hacia el camino que necesitamos recorrer.
Sé que no es fácil. Sobre todo cuando no sentimos que tenemos la libertad de elegir, porque hay otras personas que han dirigido nuestras vidas.
Y lo digo desde el amor: muchas de esas personas, especialmente nuestros padres, quieren lo mejor para nosotros. Quieren evitar que suframos como ellos sufrieron. Quieren ahorrarnos las dificultades que ellos tuvieron que atravesar y las lecciones que descubrieron demasiado tarde.
Pero las lecciones de vida son solo tuyas.
Quizá incluso tengas que llegar al último minuto de tu vida, a tu lecho de muerte, para comprender realmente a qué viniste a este mundo.
Yo entiendo la vida como una experiencia humana. Y esa experiencia es un regalo.
Una parte de ese regalo consiste en compartir algo de ti con otros seres humanos: esas lecciones que estás aquí para enseñar, ese amor que, por lo menos para mí, cada vez queda más claro que vine a dar a los demás.
Sin embargo, quizá otro de mis propósitos sea también recibir.
Recibir las lecciones de vida de quienes llegan a mí como maestros. Y, como quien encuentra oro, decidir cuidar cada una de las enseñanzas que me dejan las personas con las que me encuentro.
No creo que lleguen por casualidad. Creo que cada encuentro tiene algo que mostrarme.
Por eso, hoy más que nunca, te invito a vivir con propósito.
¿Y qué significa vivir con propósito?
Para mí, significa dejar de vivir para los demás y comprender que todos estamos conectados en esta vida.
Que lo que haces hoy puede convertirse en la inspiración de alguien más, quizá hoy, quizá mañana.
No vivas únicamente desde la supervivencia, desde la preocupación constante por qué vas a comer mañana o cómo vas a resolver el siguiente problema.
Vive también desde la certeza de que el mundo está lleno de posibilidades para ti y para todos.
Vivimos en un mundo abundante, lleno de recursos y posibilidades. Sin embargo, el ser humano muchas veces ha creído lo contrario: que tiene que apresurarse, correr, preocuparse, angustiarse, perseguir un reloj que, en realidad, no existe como creemos.
Es cierto: no hay tiempo que perder.
Pero quizá precisamente por eso estamos aquí.
Porque nuestras emociones son intensas. Porque estamos vivos. Y no siempre se trata de controlarlas, sino de aprender a vivirlas, comprenderlas y, cuando sea necesario, dosificarlas para no dañarnos ni dañar a otros.
Porque allá afuera ya existen demasiadas cosas que intentan controlarlo todo.
Vivir con propósito significa, para mí, haber entendido el juego de la vida.
Quitarse la máscara de la vergüenza y abrazar con fuerza a quienes están recorriendo este camino contigo.
Vivir con propósito es entender que los caminos comienzan a abrirse cuando dejamos de perseguir metas únicamente para nosotros mismos y permitimos que nuestros sueños también alcancen a otros seres humanos.
Vivir con propósito es estar aquí y ahora. Vivir el presente como un día nuevo, aunque a veces los días se parezcan tanto que nos cueste diferenciarlos.
Vivir con propósito es soltar el control y el miedo.
El miedo al fracaso.
El miedo a envejecer.
El miedo a no gustar.
El miedo a no poder.
El miedo a no lograrlo.
Es aceptar los cambios, uno tras otro, dejando de resistirnos a aquello que inevitablemente forma parte de la vida.
Vivir con propósito es verte a ti mismo sin juzgarte.
Aunque tengas mil defectos.
Aunque hayas lastimado.
Aunque hayas cometido errores.
Aunque no todos los días te sientas amado.
Es aceptar y soltar.
Es respirar y exhalar.
Es entender que quizá no vinimos a tener una vida perfecta, sino a vivir una experiencia profundamente humana.
A aprender.
A amar.
A compartir.
A recibir.
A transformarnos.
Y, sobre todo, a dejar algo de nosotros en los demás.
Porque tal vez vivir con propósito no sea llegar a un lugar determinado.
Tal vez sea descubrir que el verdadero propósito siempre estuvo en el camino.
Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma llegue a ti vida cuando más lo necesites.