Editoriales

Una final y mucha Presidenta

Por Manuel Cárdenas  

Hay partidos que duran noventa minutos. Y hay partidos que, aunque se jueguen en un estadio, en realidad se disputan en el tablero de la diplomacia internacional.

Voy a hacer una confesión. De fútbol sé muy poco; de relaciones exteriores tampoco soy un especialista; y de derecho internacional… bueno, digamos que más o menos me defiendo. Pero sí sé distinguir cuándo un jefe de Estado está viendo un partido y cuándo está representando a toda una nación.

Por eso me sorprendió que, tras la final, hubiera quienes redujeran la presencia de la presidenta Claudia Sheinbaum a una simple fotografía o a un gesto protocolario. La discusión pública volvió a caer en una tentación muy mexicana: creer que toda imagen política debe analizarse desde la confrontación interna, olvidando que existen escenarios donde quien aparece ya no representa a un partido, sino al Estado mexicano.

Y esa diferencia importa. Vivimos en un mundo donde la diplomacia dejó de limitarse a las salas de negociación. Hoy también se construye en encuentros deportivos, culturales, científicos y económicos. Ahí se fortalecen relaciones, se generan canales de comunicación y se envían mensajes políticos que muchas veces pesan más que un discurso de una hora.

Quien asiste a esos espacios como jefe de Estado no va como aficionado. Va como representante de ciento treinta millones de personas.

Lo interesante es que apenas unos días antes habíamos visto otra escena que también decía mucho sobre la forma de entender el poder.

En el partido inaugural celebrado en México, la presidenta decidió donar el boleto que le correspondía. Para algunos fue un detalle menor. Para otros, un gesto de austeridad. En realidad, fue un símbolo profundamente humanista: recordar que el servicio público no consiste en acumular privilegios, sino en ejercer responsabilidades.

Aquella decisión hablaba de una presidenta cercana a la gente. La presencia en la final hablaba de una presidenta consciente de la responsabilidad institucional que implica representar a México frente al mundo.

No existe contradicción entre ambas imágenes. Existe congruencia. Una expresa la dimensión humana del poder; la otra, la dimensión republicana del Estado.

Sin embargo, parte de la oposición prefirió interpretar la cortesía diplomática como una muestra de debilidad. Confundieron el protocolo con sumisión y el diálogo con claudicación. Esa lectura no sólo es simplista; revela un profundo desconocimiento de cómo funcionan las relaciones internacionales.

La diplomacia nunca ha consistido en ser complaciente. Tampoco en ser grosero, confrontativo o incluso gritar la guerra. En lo que realmente consiste es en defender con inteligencia los intereses nacionales sin cerrar las puertas al diálogo.

En ese punto resulta inevitable recordar a Benito Juárez, cuya visión sobre la política exterior sigue siendo una de las mayores aportaciones de México al pensamiento político universal.

“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”

Durante décadas hemos repetido esa frase casi como un ritual cívico, pero pocas veces nos detenemos a comprender su profundidad.

Juárez no estaba proponiendo un país obediente. Mucho menos uno dispuesto a entregar su soberanía, no una política exterior hostil. Todo lo contrario. Estaba planteando una relación entre iguales, donde el respeto mutuo es precisamente lo que permite defender con firmeza la independencia nacional.

Porque un país seguro de sí mismo no necesita demostrar su fortaleza mediante desplantes. La demuestra defendiendo sus principios. Ser diplomático no significa dejarse influir. Ser cortés no significa obedecer. Estrechar una mano no significa entregar la soberanía.

La verdadera fortaleza de un Estado consiste en saber dialogar sin renunciar a sus convicciones. Quizá por eso encuentro tan pobre el argumento de quienes creen que la política exterior puede reducirse a una fotografía o a un saludo protocolario. Confunden firmeza con estridencia, patriotismo con aislamiento y liderazgo con confrontación permanente.

La historia demuestra exactamente lo contrario. Las naciones más respetadas no son las que más gritan. Son las que actúan con serenidad, inteligencia y claridad sobre sus intereses.

Eso fue precisamente lo que enseñó Juárez. Y eso fue, me parece, lo que vimos en estos dos momentos, una presidenta que renuncia a un privilegio cuando el mensaje debe ser humanista y que ocupa el lugar que le corresponde cuando el deber es representar a México ante la comunidad internacional.

Dos escenarios distintos. Un mismo principio. La dignidad del servicio público.

Porque la soberanía no se demuestra con desplantes, sino con inteligencia. No se defiende con gritos, sino con principios. México necesita gobernantes capaces de tender la mano cuando el protocolo lo exige y de levantar la voz cuando el interés nacional lo demanda.

Esa diferencia se llama liderazgo. Hoy podemos decir con orgullo que tenemos mucha Presidenta.