
Por: Martín Bojórquez
28 de noviembre, 2025
Aún no inicia de manera formal el proceso para designar a los candidatos que competirán por la gubernatura de Baja California en 2027 y, sin embargo, la guerra sucia ha comenzado con una virulencia inusitada. Los golpes bajos y desmedidos están a la orden del día, cruzando líneas que la ética política —y la decencia humana— deberían respetar.
Recientemente, circuló una columna que intentó ventilar una supuesta riña conyugal de Jesús Alejandro Ruiz Uribe. No ahondaré en ello; no es ético ni periodístico validar ataques que buscan vulnerar la vida privada para obtener raja política. Sin embargo, la existencia misma de tales bajezas es síntoma de algo más profundo: miedo y desesperación entre sus adversarios.
A este ataque personal se suma otro trascendido político de mayor calado: una supuesta reunión encabezada por Alfredo Álvarez Cárdenas, secretario general de Gobierno, junto a la dirigencia estatal de Morena y los alcaldes de los siete municipios. La consigna, según las versiones, fue clara: hacerle el vacío a Ruiz Uribe en sus aspiraciones.
¿Por qué tal obsesión por desacreditar al ex delegado federal? La respuesta parece estar en los números y en la historia.
La convocatoria de Ruiz Uribe no es gratuita; se sustenta en una gestión tangible. Recibió un padrón de 100 mil derechohabientes —herencia magra de gobiernos anteriores— y lo elevó a un millón de personas incorporadas a los programas sociales. Este legado, consolidado bajo el mandato de López Obrador y ratificado hoy con la presidenta Claudia Sheinbaum, es una carta de presentación difícil de ignorar. Son cifras contundentes que lo posicionan como un activo fuerte para Morena.
Pero más allá de la aritmética electoral, lo que parece incomodar a ciertos sectores es el perfil ideológico de Ruiz Uribe. No es un advenedizo. Es un fundador que caminó junto a AMLO en los días aciagos del desafuero y que se curtió en el plantón de Reforma. Ruiz Uribe no llegó a Morena cuando la mesa ya estaba puesta; él ayudó a construir la mesa.
En un momento donde el pragmatismo ha abierto las puertas del partido a perfiles que desconocen la raíz del movimiento —y que gobiernan sin un verdadero pensamiento progresista—, la figura de Ruiz Uribe resalta. Es, quizás, el único integrante de peso en Baja California con una sólida formación de izquierda, capaz de articular en discursos y textos la profundidad de la frase “Por el bien de todos, primero los pobres”.
Ruiz Uribe, como animal político que es, claro que aspira. Tal vez sueñe con la gubernatura. Sin embargo, ha demostrado disciplina al renunciar a la cómoda posición de delegado para recorrer el estado conformando comités. Ha dejado claro que este trabajo de base, son para conocer las necesidades de la gente y que el capital político recabado se entregará a quien el partido designe, sea él o no.
Los ataques arteros y las historias inventadas no son más que la reacción de quienes ven en su coherencia y en su conexión directa con la cúpula morenista una amenaza. Saben que Ruiz Uribe entiende la empatía social que muchos “neo morenistas” sólo simulan.
No son los tiempos oficiales, cierto. Pero el intento de borrarlo del mapa antes de que suene la campana solo confirma una cosa: en la carrera por el 2027, Ruiz Uribe es el rival a vencer para quienes temen el regreso de la verdadera izquierda a la toma de decisiones.