Editoriales

NOVIEMBRE SIN TI

Ya es noviembre, y eso me recuerda a todo lo que hemos dejado partir; a lo que se va sin avisar, a lo que muere sin dejarnos huella o sin darnos siquiera el tiempo para despedirlo. A las personas que han partido, a los momentos que no volverán, a las etapas que terminaron y a las versiones de nosotros mismos que quedaron en algún lugar del camino.

Quizá de eso se trata vivir: de aprender a llegar, a permanecer y también a despedirnos. Porque a eso vinimos, a vivir y a morir, a apegarnos y a desapegarnos.

Definitivamente, amar es una de las experiencias más hermosas y gratificantes de la vida. Está lleno de recuerdos que quisiéramos conservar para siempre, de momentos que desearíamos que nunca terminaran. Quizá por eso la vida se parece tanto a un viaje sin retorno. ¿Alguien ha podido viajar al pasado? Seguramente sí, a través de los recuerdos. Pero no hay nada que cambiar ni que mejorar en ese viaje imaginario; lo único que permanece es aquello que nos hace sentir lo que alguna vez vivimos.

En otros escritos he hablado de la pérdida desde la perspectiva del desapego. Esta vez quiero hablar de ese apego que no necesariamente nos hace daño, sino de aquel que nos recuerda nuestra humanidad; el que nos permite conectar, construir vínculos y encontrar sentido a la vida.

Porque una cosa es la conexión y otra el apego. Ese apego que nace de los vínculos entre padres e hijos, entre hermanos, familiares y hasta parejas que, con el tiempo, se convierten en familia. Es difícil describir lo que sucede cuando esas personas dejan de estar en nuestra vida, especialmente cuando sostenían una parte importante de ella. Cuando la pérdida irrumpe de manera inesperada, cuando algo se sale de la norma y nos enfrenta a lo injusto, lo inexplicable, lo atroz y doloroso de la ausencia.

Perder a alguien que cuidamos durante años, con quien construimos planes y a quien le atribuimos una parte de nuestra felicidad, es quizá una de las experiencias más dolorosas que podemos atravesar. Sobre todo cuando sucede demasiado pronto, cuando todavía había tanto por vivir, tanto por compartir o cuando esa persona era tan necesaria en la vida de quienes la amaban.

Es triste cuando alguien con tanta luz se apaga. Y digo se apaga desde la perspectiva de quienes ya no pueden disfrutar de su presencia, de su voz, de sus abrazos o de su simple existencia cotidiana.

La vida es efímera. A veces demasiado corta, otras veces difícil de comprender. Es intensa, impredecible, dura y, aun así, también puede ser extraordinariamente hermosa. Hay algo de valentía en el simple hecho de estar aquí, de continuar viviendo a pesar de todo lo que desconocemos. Incluso de esas preguntas que no tienen respuesta: ¿y si, de alguna manera, elegimos esta vida, aunque no lo recordemos? ¿Y si incluso aquello que nos parece injusto forma parte de una historia cuyo sentido todavía no alcanzamos a comprender?

No tengo respuestas. Pero sí tengo motivos para abrazar la vida.

Abrazo a mis pequeños amores: al que ríe, al que ladra, al que me abraza y me dice buenos días; a esa amiga que llega con buenas y malas noticias; a mis padres, que todavía me cobijan. Abrazo también lo que quedó atrás: mis veinte kilos menos, mis facetas de inmadurez, la depresión, el caos y ese victimismo que a veces vuelve a asomarse como una sombra.

Enciendo una veladora por cada una de esas versiones de mí que ya murieron. Por la que tuvo miedo, por la que no sabía cómo continuar, por la que se perdió intentando encontrar respuestas y por la que creyó que debía tenerlo todo bajo control.

Y enciendo otra para celebrar a la mujer que hoy nace de mí.

Honro a quienes ya no están, especialmente a quienes me dieron la vida; a quienes, antes de mi llegada, también tuvieron que luchar, sufrir y abrirse camino para que yo pudiera gozar del privilegio de elegir cómo quiero vivir la mía.

Honro también mis viejos temores, ese deseo de controlarlo todo y al ego que me acompaña, que tantas veces he tenido que dejar morir para volver a comenzar.

Porque quizá de eso también se trata vivir: de despedirnos constantemente de quienes fuimos para darle espacio a quienes estamos siendo.

Y mientras llega noviembre, con sus recuerdos, sus ausencias y sus silencios, quiero recordar que todavía estoy aquí.

A mí misma, porque cada mañana representa otra oportunidad. Una nueva versión, una nueva luz, una nueva posibilidad de amar.

Una veladora por quienes ya no están. Otra por quienes seguimos aquí. Y una más por todas las versiones de nosotros que tuvimos que dejar morir para permitirnos renacer.

Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma llegue a ti cuando más lo necesites.

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