Editoriales

No te abandones

Libertad. Eso fue lo que Laura encontró al ver la puerta de su jaula de oro abierta. Sin embargo, al salir descubrió que no sabía volar. Tenía tanto miedo que se sentía desprotegida. Sin darse cuenta, había permitido que le cortaran las alas por elección propia, aunque en ese momento todavía no lograba comprenderlo. Durante mucho tiempo había sido muy feliz en su pequeña jaula de oro: tenía comida, tenía un techo e incluso tenía agua para toda la vida.

Pero un día salió por un momento de aquella jaula y, cuando quiso regresar, ya no pudo entrar. Quien la tenía comiendo de su mano decidió cerrar esa puerta. Ya no la reconocía. El amor se había esfumado y el verdadero rostro del rey había aparecido, como un monstruo desconocido, frío, de piedra, como dice la canción. Ya no era el hombre dulce de antes. Desde hacía años había dejado de verla con ilusión, de sostener su mano y de protegerla como un día lo prometió.

Entonces Laura salió de la jaula y, por primera vez, pudo observar el panorama completo. Se preguntó quién era después de tantos años de entregar su vida a los demás, cuando incluso sus hijos y quienes decían amarla, ya no parecían reconocerla. Había perdido su identidad; sin embargo, también tenía una nueva oportunidad para reinventarse y volver a ser aquella persona dulce que un día fue.

Ahora sabe que esas alas volverán a crecer y que algún día volará muy lejos. Solo le hace falta un espejo para volver a verse, reconocerse y reencontrarse. También necesita cortar algunos hilos, incluso aquellos que la unen a personas a quienes amó ciegamente, porque de alguna manera Laura dejó de amarse, dejó de reconocerse y dejó de ponerse en primer lugar.

Muchas mujeres nos perdemos en el camino de la crianza y del matrimonio, intentando cumplir expectativas sociales e intentando también merecer el amor. Muchas veces la vida parece ponernos pruebas en las que amarnos a nosotras mismas implica perder, temporalmente, la seguridad para después recuperarla y, aún mejor, convertirnos en una versión mucho más auténtica de quienes realmente somos.

Sé que muchas veces el miedo a la soledad es muy duro. También sé que algunas personas permanecen atadas a una relación por el profundo apego que sienten, conservando la esperanza de que algún día todo será mejor. Sin embargo, el verdadero problema no siempre consiste en irte de una relación, en quedarte o en tener paciencia. El verdadero problema radica en la forma en que te abandonas a ti misma o a ti mismo, estando o no en pareja.

Sucede cuando tu vida deja de ser tuya y comienzas a vivir únicamente para los demás o a la sombra de otros. Cuando te quedas sin amigos, sin proyectos, sin metas o aspiraciones propias; cuando ya no tienes tiempo para ti, para cuidarte y, en consecuencia, tampoco puedes cuidar plenamente de los demás.

Muchas veces es hasta que llega algo verdaderamente difícil a nuestra vida cuando por fin nos volteamos a ver. Un ejemplo de ello es cuando enfermamos. Solo entonces, cuando realmente nos sentimos mal, prestamos atención a lo más valioso: nosotros mismos. Ocurre cuando tocamos fondo, cuando alguien rebasa los límites del respeto o cuando llegamos al hartazgo de vivir una vida sin propósito. No tendría que ser así; sin embargo, muchas veces no aprendemos hasta que lo vivimos, hasta que nos duele o hasta que el sufrimiento nos obliga a cambiar.

¿Cómo vives? ¿Vives para ti o vives para los demás?

¿Te ha pasado que vives quejándote de la situación en la que estás, pero no haces nada para cambiarla? No sales de esa relación, no estableces límites y ni siquiera contigo misma o contigo mismo, practicas el autocuidado. Muchas veces la queja se vuelve el único recurso con el que se cuenta para afrontar los problemas.

¿Será por la jaula? ¿Será esa indefensión aprendida la que no te permite valerte por ti misma o por ti mismo, ni atreverte a hacer aquello que tanto deseas?

¿Y de qué estoy hablando?

Hablo del auto abandono, pero de ese que muchas veces pasa desapercibido. Ese que consiste en entregar a otra persona la responsabilidad de decidir por ti, de resolver tu vida o incluso de hacerse cargo de tu felicidad.

Este auto abandono del que hoy te escribo y la indefensión aprendida están estrechamente relacionados. Desde la psicología, el auto abandono puede entenderse como una consecuencia de haber aprendido que los propios esfuerzos no hacen ninguna diferencia. Como resultado, la persona deja de cuidar de sí misma, deja de expresar sus necesidades y deja de actuar para cambiar la situación. La indefensión vendría siendo algo así, como no saber cómodefenderse o afrontar la vida.

¿Qué hace o deja de hacer una persona que se abandona?

1. Descuida las propias necesidades. La persona deja de priorizar su alimentación, su descanso y su salud física y emocional porque siente que, haga lo que haga, nada cambiará.

2. No pone límites. Tolera relaciones abusivas o situaciones injustas porque cree que no tiene el derecho o la capacidad para cambiarlas.

3. Silencia las emociones. Muchas veces elige callar lo que realmente siente, desconectándose de sí misma(o). Minimiza sus emociones, las ignora y termina mostrando una imagen distinta de la que realmente vive.

4. Renuncia a tomar decisiones. Prefiere que otros decidan por ella o el, porque ha perdido la confianza en su propio criterio. Está bien pedir consejos, pero también es importante aprender a escucharse y asumir la responsabilidad de las propias decisiones.

5. Abandona metas y proyectos. Deja de estudiar, trabajar, emprender o realizar actividades que disfruta porque anticipa el fracaso antes incluso de intentarlo.

6. Mantiene un diálogo interno negativo. Pensamientos como “no puedo”, “no soy capaz” o la queja constante terminan reforzando la sensación de impotencia.

El psicólogo Martin Seligman propuso la teoría de la indefensión aprendida, la cual explica que, cuando una persona vive repetidamente situaciones en las que percibe que no tiene control sobre lo que ocurre, puede llegar a sentirse incapaz de enfrentar los problemas de la vida. Con el tiempo, esa creencia se fortalece, se internaliza y comienza a abandonar no solo sus intentos por cambiar la situación, sino también su propio bienestar.

Un ejemplo claro es el caso de Laura, quien vivió durante años violencia psicológica. Al principio quizá intentó defenderse, expresar lo que sentía o establecer algún límite, pero no obtuvo resultados o sintió que perdía más de lo que ganaba. Poco a poco dejó de intentarlo y apareció el auto abandono. Fue como rendirse ante la vida: dejó de expresar sus necesidades, se alejó de sus amistades, dejó de buscar ayuda y comenzó a olvidarse de sí misma. Esta situación puede conducir, en muchos casos, a un cuadro depresivo en el que la persona ni siquiera logra reconocer que necesita apoyo.

Muchas veces nos abandonamos sin darnos cuenta cuando entregamos nuestra autonomía a otra persona, creyendo que será nuestro salvador o protector. Le damos la responsabilidad de nuestra felicidad y depositamos en ella nuestro bienestar. Sin embargo, cuando esa falsa seguridad desaparece, ¿qué queda de nosotros? El riesgo es perder la identidad, el propósito, la esperanza y, en algunos casos, incluso las ganas de vivir.

Por eso, mi sugerencia para esta sesión es sencilla, pero profunda: no te abandones.

No abandones tus sueños ni tus anhelos. No cambies tu personalidad para agradar a alguien más. No permitas que nadie te haga callar ni minimice lo que eres. No apagues tu luz porque a otros les incomode tu brillo. Sé tú misma o sé tú mismo. No necesitas el permiso de nadie para ser quiéneres; solo necesitas darte ese permiso a ti.

No te abandones. Ni hoy, ni nunca.

Te saluda Diana Carreño, tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma llegue a tu vida cuando más lo necesites.