Editoriales

No Complicar, No Mentir 

XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

“Amarás al Señor, tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo”

Mateo 22,34-40

La urgencia de simplificar trámites, procesos, requisitos…

responde a una notoria necesidad: la complejidad de la realidad

en que vivimos. Las posibilidades que nos da la IA, las nuevas

tecnologías y la investigación de especialistas que ocupan su

talento en desentrañar algoritmos, pueden ayudar a encontrar

soluciones asequibles. Pero, cuando se trata de tomar

decisiones sobre qué es lo más importante en la vida, las

máquinas ¡salen con cada cosa! Por más que nos faciliten

soluciones, no nos pueden suplir en las opciones

fundamentales.

Encontrar respuesta a los grandes desafíos de la inseguridad

ocasionada por la violencia y la incertidumbre del futuro que

patrocina el ríspido y mentiroso ambiente preelectoral es

cuestión de inteligencia, creatividad, voluntad y una dosis

mayúscula de caridad fraterna. Repito, esto no puede ser

decidido por maniobras engañosas; hay que buscar en otro

ámbito y con otros medios. Son tantas y variadas las ofertas en

el mercado que podemos caer en la trampa de la superficialidad

o en la tentación de lo momentáneamente fácil y rentable.

Aprender a discernir cuesta cada vez más. Tomar decisiones

acertadas y asertivas, constructoras de paz, es el gran reto del

ciudadano de nuestro tiempo.

En tiempos de Jesús, los judíos creyentes tenían 248 preceptos

y 365 prohibiciones que pretendían traducir la ley de Dios.

Podemos imaginar la dificultad para circular por la vida sin

saltarse alguna sin remordimientos. Es comprensible la

pregunta del fariseo que quiere portarse bien pero encuentra

demasiado abultado el código del buen comportamiento. La

pregunta –aunque sea una trampa- es clara: ¿habrá algo más

sencillo que sea el centro de tanto precepto y prohibición? La

vida, piensa él, no debe ser tan complicada. La respuesta deJesús es impecable en claridad, sencillez y contenido: “Ama a

Dios y ama al prójimo como a ti mismo.”

Otra vez aparece el antídoto contra la enfermedad de las

complicaciones en la vida: el amor sencillo, concreto, confiado,

pletórico de ternura, generoso sin límites, a Dios y al prójimo. Si

el fariseo pretendía probar a Jesús con sus complicadas sumas

y restas, su respuesta lo va a desbordar por la simplicidad del

amor: “En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los

profetas”. La controversia está resuelta de parte de Dios.

Faltará, de nuestra parte, llenar de amor las horas de la vida y

poner al servicio del amor los talentos recibidos y las

herramientas tecnológicas inventadas o por inventarse, también

en tiempos engañosamente preelectorales y de inseguridades

varias.

La ética y la moral cristiana no se basan en una indescifrable

lista de deberes y obligaciones. El amor a Dios y el amor al

prójimo no se contraponen, ni rivalizan, se complementan y

fecundan mutuamente. Discernir amando y amar discerniendo

es el modo cristiano para tomar decisiones inteligentes, por

tanto, corresponsables, cristianas.

Les abrazo (las, les, los… ¡qué complicado!) con mi bendición,

al terminar el mes de las lunas bellas, las indispensables

misiones y la corona de rosas a la madre del amor, sin

complicaciones innecesarias.

+ Sigifredo

Obispo de/en Zacatecas