
XII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“No tengan miedo a los que matan el cuerpo”
Mateo 10,26-33
El tercer domingo de junio celebra el día del padre, con festiva y
reflexiva gratitud. La alegría aflora inmediatamente en quienes
pueden convivir todavía con su padre; la nostalgia, en quienes
ya hemos sepultado sus cuerpos, pero no la memoria de su
amor generoso. Nuestro reconocimiento al papá que nos ha
amado, engendrado, visto nacer, alimentado, educado,
corregido, acompañado, cualquiera que sea su situación actual.
Este día nos proporciona la oportunidad para reflexionar sobre
la paternidad y los valores fundamentales que encierra, significa
y comunica al hijo, la familia y a toda una generación.
En el texto que escuchamos este domingo, el evangelista pone
en labios de Jesús -en cuatro ocasiones- la invitación a no tener
miedo. ¿A qué se refiere? ¿Al miedo y los miedos de papá? ¿A
la estación de verano que empezamos? ¿A los momentos críticos
que vive nuestro país, con todo y la desproporcionada
publicidad y propaganda del mundial de futbol? ¿A las
dificultades y amenazas que el discípulo -modelo 2026-
encuentra en la misión? La escucha atenta de la Palabra puede
suscitar la búsqueda de la respuesta. La felicidad puede estar al
alcance de quien la encuentre y aprenda a encausar
adecuadamente sus miedos.
El miedo es parte de la existencia humana; cada quien lleva por
dentro el miedo y los miedos que le acompañan en todo
momento.
De los miedos, unos paralizan, otros avisan peligro, unos pocos
impiden vivir. Cada miedo tiene una razón y una función. La
respuesta al miedo y los miedos depende de lo que hacemos con
ellos. Algo bueno debe haber en su genética, su envoltorio y en
los intentos de respuesta.
En el Evangelio que escuchamos es notoria la aparición de
miedos en una comunidad de Mateo, amedrentada por causasdiversas. Jesús responde con la invitación a “no tener miedo”.
En un principio, afirma la confianza en que la verdad triunfa
siempre: “No hay nada oculto que no llegue a descubrirse”. Pero
hay algo más: te pueden quitar todo, quitarte de en medio, pero
no te pueden quitar tu interioridad; tu verdad, tu fe en Dios en
quien has puesto toda la confianza. Es más, si alguien intenta
quitarte a Dios, él dará la cara por ti, no te dejará en
desamparo. Tan decisiva es la fe en Dios en el camino de la
vida.
La lección es clara y contundente: nadie nos puede quitar lo
verdaderamente importante; estamos en las manos de Dios; él
es el mejor seguro contra toda inseguridad. Confiar en él es
tener la vida asegurada para siempre. Las imágenes con que se
describe la confianza filial son de una extrema finura: “Los
pájaros del cielo… Hasta los cabellos de tu cabeza están
contados… Ustedes valen mucho más que todos los pájaros del
mundo…”
“¡No teman!”; es otra manera de decir “¡tengan fe!”, en cualquier
circunstancia de la vida, en verano y en invierno, en primavera
y en el otoño de la vida, con mundial o sin mundial.
¡Felicidades, papás! ¡Tengan fe en Dios!
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas