Editoriales

La transformación del cine mexicano

Por Manuel Cárdenas

Durante décadas se decía que el cine es entretenimiento, pero no lo  es.

El cine es memoria, identidad, lenguaje político y, sobre todo, poder cultural.

Quien controla las historias que vemos, controla la forma en que entendemos el mundo.

Por eso la política pública presentada por el gobierno federal en materia audiovisual, con cuotas de pantalla, incentivos fiscales y regulación frente a la inteligencia artificial, no debería discutirse solo en términos de mercado, sino de soberanía.

Porque el debate real no es si el Estado debe intervenir.
El debate es ¿quién debe contar lo que somos?

Durante años, México tuvo cineastas, pero no tuvo industria. Teníamos talento,  pero no teníamos pantalla. Eso permitió que la industria en otros países retrataran a México con estereotipos y ciertos elementos discriminatorios que no representan a los mexicanos y lo abundante  que es nuestro país. 

Hollywood no ganó la batalla por ser mejor cine, la ganó por volumen, distribución y financiamiento. El mercado nunca fue neutral; simplemente favoreció a quien tenía capital, infraestructura y décadas de ventaja tecnológica.

Así, una generación entera creció viendo Nueva York antes que Oaxaca, familias estadounidenses antes que las propias, narrativas ajenas antes que las comunitarias. No fue casualidad. Fue economía cultural.

Cuando un país deja de verse a sí mismo en sus historias, comienza a imaginar su vida en función de otro.
Y ese es el inicio de la dependencia simbólica.

La propuesta del gobierno no es inédita. Francia, Corea del Sur y España lo hicieron antes: proteger su industria cultural como sector estratégico. Porque la cultura no es un lujo; es infraestructura social.

Las cuotas de pantalla no buscan obligar al público a ver cine mexicano. Buscan que el público tenga la posibilidad de encontrarlo.

El mercado no eliminó al cine nacional por falta de calidad, lo eliminó por invisibilidad.

La libertad cultural no consiste en que todo compita en condiciones desiguales, sino en garantizar que exista diversidad real. Sin condiciones materiales, la libertad es solo una palabra elegante para justificar monopolios.

Hoy la discusión ya no es solo contra las salas, sino contra el algoritmo. Las plataformas no censuran, pero jerarquiza y  jerarquizar es decidir qué existe socialmente.

Si una película no aparece en la pantalla inicial, es equivalente a no haber sido producida, por eso la regulación sobre visibilidad y sobre inteligencia artificial no es proteccionismo; es defensa laboral y cultural.

La IA no solo puede reemplazar voces, puede reemplazar identidades. Un país que pierde sus acentos pierde su experiencia histórica.

Se dirá que es dinero público financiando cine, pero también el Estado financia carreteras, puertos y electricidad.La diferencia es que la cultura no se ve como infraestructura, aunque produce cohesión social, turismo, economía local y empleo técnico.

La pregunta correcta no es cuánto cuesta apoyar el cine.
La pregunta es cuánto cuesta no tener industria cultural propia.

Un país que solo consume relatos importados termina administrando también un futuro importado.

El objetivo no es competir contra Hollywood; es coexistir sin desaparecer.

No se trata de obligar al público a amar el cine mexicano.
Se trata de impedir que el público no pueda encontrarlo.

Porque cuando un niño mexicano no ve su realidad representada, es un mal mensaje que provoca que su historia no sea contada y ningún proyecto de nación puede sostenerse si sus habitantes no se reconocen en él.

La política audiovisual no es nostalgia nacionalista, es política de futuro. México no busca cerrar sus pantallas al mundo, busca abrirlas para sí mismo.

Porque la verdadera soberanía no empieza en las fronteras, empieza en la imaginación colectiva.