
IV Domingo de Pascua. Ciclo A
“Yo soy la puerta de las ovejas”
Juan 10,1-10
Con frecuencia me pregunto qué sucedería si no hubiera
puertas en casas, templos, pueblos, ciudades, corrales, edificios
públicos y más. Estamos acostumbrados a que las haya,
entramos y salimos con toda naturalidad. ¿Por qué? ¿Y, si no
las hubiera? Es de sentido común que haya puertas. ¿Quién las
pensó/diseñó/fabricó? Alguien ideó e hizo las puertas, pero no
son la puerta.
La sabiduría popular expresa en frases cortas lo que puede
significar una puerta. Conocemos gente que busca entrar por la
‘puerta grande’, la ‘puerta falsa’, la ‘puerta negra’. Hay personas
que te dan con la ‘puerta’ en las narices y, otras que eligen salir
‘por la puerta trasera’. Abrir la puerta, entrar por la puerta,
salir por la puerta son expresiones ricas en simbolismos. Abrir
la puerta de casa y dejar entrar a alguien es un gesto de
confianza.
“Yo soy la puerta de las ovejas…” nos dice Jesús en este día del
Señor. Se dirige a quienes quieran escucharlo y tienen
necesidad de orientación, consuelo y esperanza. La puerta
puede ser signo de libertad para entrar y salir al encuentro del
hermano; para construir calles, avenidas, puentes por donde
transiten las personas; para tejer relaciones fraternas,
solidarias, pacíficas. En otras palabras, la puerta significa que
la posibilidad de elegir amar para vivir con dignidad está en
casa, en nuestra habitación interior.
En el cuarto domingo de Pascua, Jesús se define como la puerta
de las ovejas. “Yo les aseguro que…” es la garantía de que
solamente el Resucitado llena/cumple todas las especificaciones
para ser puerta y puerto de salvación, para el más acá y el más
allá. Él es la única puerta de acceso al Padre, a la vida eterna, a
una vida con sentido con la garantía de la bienaventuranzaeterna. La llave es la fe en Él, fe humilde e incondicional, fe que
se prueba en la verdad del amor.
Si el Señor Jesús es la puerta de salvación, nosotros -Iglesia
peregrina en este siglo- estamos llamados a ser anunciadores,
celebradores y testigos de la Buena Nueva. “La Iglesia no es una
aduana –decía el Papa Francisco-, es la casa paterna-materna
donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.
Jesucristo es la puerta, no nosotros. Caer en la tentación de
hacernos dueños de la puerta y de las llaves (sólo Pedro) puede
ser funesto para la salvación de muchos. No tenemos por qué
cerrar la puerta a nadie. Nuestra misión es acompañar, ayudar,
escuchar, facilitar, compadecer… a quien toca a la puerta.
Este domingo muchas comunidades cristianas promueven las
vocaciones. La Iglesia necesita servidores actualizados en
marcos, bisagras, candados, llaves, colores, materiales…
capaces de abrir puertas. La invitación es para todos. Hay
mucha gente herida en el camino de la vida que necesita de tu
generosa respuesta. ¿Te animas a ser camillero, enfermero,
paramédico?
Saludos y bendiciones de Pascua a todos los niños, sus
respectivas familias y sus pacientes maestros.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas