
Se había quedado de ver con su amiga en el café de siempre. Esta vez estaba decidida a hablar de eso que llevaba tiempo atormentándola.
Le confesó a su mejor amiga que su marido llevaba años tratándola mal y que, en ocasiones, era muy violento. Su amiga la escuchó y respondió muy seriamente:
—Eso que estás viviendo es porque así lo has querido.
Esas fueron las palabras que ese día escuchó Susana. Se sintió una tonta al pensar que quizás podría sentirse escuchada por quien creía que era su amiga. Solo respondió:
—Tienes razón, yo lo elegí.
Después de ese día, dejó de hablar sobre lo que vivía. También dejó de frecuentar algunas amistades por la vergüenza de sentirse juzgada.
Pasaron los años y Susana parecía haberse acostumbrado a ese trato. Aprendió a lidiar con el mal humor de su esposo, a llegar temprano a casa para evitar que se enojara y a sonreír frente a sus hijos, aunque todos los días sentía ganas de llorar de lo cansada que estaba de vivir una vida llena de invalidación y falta de amor.
Había llegado a escuchar a su marido hablar de ella con sus amigos, quienes preferían no decir nada con tal de seguir llevando la fiesta en paz. No podía soportar tanta humillación diaria de quien alguna vez había jurado amarla.
Después de años de callar, Susana decidió buscar un trabajo. Quería ayudar con los gastos que su marido reclamaba constantemente que no alcanzaban, pero también necesitaba tener un espacio propio y dejar de pensar, aunque fuera por unas horas, en lo que vivía en casa.
Poco a poco comenzó a sentirse suficiente al ganar su propio dinero. Ya no se sentía una “mantenida”. Hizo nuevas amigas en su trabajo, aunque nunca hablaba de sus problemas. Se concentraba en hacer bien su trabajo y conservarlo.
Hasta que un día llegó a su lugar de trabajo un grupo de mujeres para brindar una capacitación sobre los diferentes tipos de violencia.
Durante el taller, Susana comenzó a llorar. Se sintió identificada con cada uno de los ejemplos que ahí se explicaban. Por primera vez comenzó a entender que aquello que había vivido durante más de una década no era tan sencillo como simplemente “irse”.
Entendió que estaba siendo víctima de algo mucho más grande de lo que había podido percibir.
Afortunadamente, recibió el apoyo de aquellas mujeres que ni siquiera la conocían. Acudió a terapia psicológica, aprendió a identificar la violencia, a poner límites y, sobre todo, a ponerse como prioridad.
Como Susana, muchas mujeres no ponemos un alto al primer acto violento. Muchas veces ni siquiera identificamos la violencia como tal. Normalizamos los celos, el sarcasmo, las burlas, las bromas pesadas, los comentarios hirientes y la comunicación pasivo-agresiva.
Vivimos en una cultura de la “carrilla”, donde parece que quien no aguanta no sobrevive. Y la verdad es que eso también cansa.
Quizás llevamos años sosteniendo una sociedad llena de violencia sin darnos cuenta.
La comunicación pasivo-agresiva, por ejemplo, ocurre cuando expresamos nuestra agresividad de manera sutil, escondiéndola detrás de comentarios que parecen inofensivos. Sin embargo, puede hacer mucho más daño del que imaginamos, tanto en la crianza como en las relaciones de pareja, las amistades, el trabajo y prácticamente cualquier área de nuestra vida.
La violencia puede comenzar con algo que parece pequeño y, si se normaliza, puede ir aumentando de nivel.
Por eso es importante aprender a identificarla. Porque no todo lo que hemos aprendido a soportar es algo que tenemos que seguir soportando.
Siempre hay salida
Mi sugerencia para ti, que quizás vives atrapada en un ambiente de violencia, es que sepas que no estás sola. Existen grupos y personas dispuestas a escucharte, sostenerte y acompañarte para que puedas estar bien.
Este interés por acompañar a otras personas surge, precisamente, de reconocer que vivimos en un mundo donde la violencia está cada vez más presente. Por eso, es importante que estemos dispuestos a estar ahí para otros seres humanos, con el propósito de contribuir a construir un mundo cada vez más alejado de la violencia que vemos diariamente en las noticias.
Porque la violencia no solo lastima a una persona; también puede destruir familias, relaciones y comunidades enteras.
Por eso, empieza primero por ti.
Reconoce que muchas de las cosas que permitimos en nuestra vida quizá no siempre las percibimos como violencia. A veces hemos aprendido a convivir con ciertas conductas porque crecimos en hogares donde también estaban presentes. Aprendimos a normalizarlas, a justificarlas o simplemente a pensar que “así son las cosas”.
Sin embargo, identificar lo que sucede es el primer paso para poder transformarlo.
Aprender a reconocer las palabras, las conductas y las formas de relacionarnos que reproducen violencia nos permite cuestionarlas y, poco a poco, modificarlas.
Empieza por observarte, por escucharte y por preguntarte qué cosas has aprendido a tolerar que hoy ya no quieres permitir.
Porque transformar la violencia también comienza cuando somos capaces de reconocerla en nuestra propia vida y decidir que queremos relacionarnos de una manera diferente.
Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que esta reflexión de llegue a tu vida cuando más lo necesites, te mando un fuerte abrazo, y recuerda que no estás sola.