Editoriales

El Kuchumá no es territorio, es un templo espiritual

Por Manuel Cárdenas

Hay lugares que no pueden explicarse con mapa; no porque no existan, sino porque no caben en la lógica con la que solemos entender el mundo. No son propiedad, no son superficie, no son coordenadas. Son otra cosa.

El Kuchumá es uno de ellos. Ubicado en Tecate, Baja California, este cerro ha sido durante siglos un espacio sagrado para el pueblo Kumiai. No es solo una montaña, es un punto de conexión espiritual, un lugar donde la memoria se mantiene viva y donde la relación entre el ser humano y la naturaleza no ha sido rota por completo.

Sin embargo, hoy, ese espacio está siendo intervenido, está siendo dinamitado. No importa si se trata de infraestructura fronteriza, de rutas de vigilancia o de control territorial. Lo verdaderamente relevante es que se está imponiendo una lógica externa sobre un territorio que tiene un significado completamente distinto.

Porque el problema no es técnico, es civilizatorio.

Hay una frase que resuena con fuerza en medio de este conflicto, como si hubiera sido escrita para este momento: “aquí no es así”. No como una consigna vacía, sino como una advertencia profunda. Donde culturas llegan a territorios desde lugares donde no hay respeto a las conexiones y toman todo como si les perteneciera el mundo. 

Aquí no es así.

Aquí la tierra no es recurso.
Aquí la montaña no es obstáculo.
Aquí el territorio no es frontera.

Aquí hay historia.
Aquí hay espiritualidad.
Aquí hay identidad.

Lo que está en juego en el Cuchumá no es únicamente el paisaje. Es algo mucho más delicado: la posibilidad de que los pueblos originarios sigan existiendo en sus propios términos, con sus elementos abstractos, algo más allá de lo tangible. 

Desde una perspectiva de derechos humanos, esto no es menor. El Estado mexicano y cualquier intervención con implicaciones binacionales, está obligado a respetar el derecho de los pueblos indígenas a la consulta previa, libre e informada, tal como lo establece el artículo 2° de la Constitución y el Convenio 169 de la OIT.

Pero incluso si esa consulta existiera, hay una pregunta más profunda que deberíamos hacernos:

¿Puede realmente someterse a consulta la transformación de un espacio sagrado?

¿Puede negociarse lo que para un pueblo es equivalente a un templo?

Porque eso es el Kuchumá.

Un templo sin muros.
Un santuario sin puertas.
Un espacio donde la espiritualidad no fue domesticada por la modernidad.

Intervenirlo sin comprenderlo no es solo un error técnico. Es una forma de violencia; una violencia silenciosa, institucional, muchas veces justificada en nombre del progreso, de la seguridad o del desarrollo. Pero violencia al fin.

Y es aquí donde la frase vuelve a aparecer, no como eco, sino como límite:

“Aquí no es así.”

No es así como se construye el desarrollo.
No es así como se garantiza la seguridad.
No es así como se respeta a un pueblo.

Porque cuando un territorio sagrado se convierte en zona estratégica, lo que ocurre no es una evolución: es un desplazamiento.

Se desplaza el significado.
Se desplaza la memoria.
Se desplaza la dignidad.

Y lo más grave es que ese desplazamiento rara vez se ve.

No hay escombros visibles cuando se rompe una conexión espiritual.
No hay ruido cuando se borra una historia ancestral.
No hay titulares cuando un pueblo deja de reconocerse en su propio territorio.

Pero ocurre y está ocurriendo. El Kuchumá no necesita ser defendido como paisaje. Necesita ser entendido como lo que es: un espacio sagrado que no le pertenece al Estado, ni al mercado, ni a la lógica de control territorial.

Le pertenece a una historia que no empezó con nosotros y que, si somos responsables, tampoco debería terminar con nosotros. Tal vez el mayor error de nuestra época es creer que todo puede ser intervenido, medido, destruido, pero hay lugares que nos recuerdan lo contrario. Lugares que nos dicen, con claridad, con firmeza y con dignidad: “Aquí no es así”.

El Kuchumá nos está gritando algo. La pregunta es: ¿lo vamos a escuchar…o vamos a voltear a otro lado?