
II Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”
Juan 1, 29-34
A medida que avanza el año, pareciera que el gozo esperanzador
de Navidad y de un Año Nuevo se ha tornado en preocupación,
cuestionamientos, incertidumbre, impotencia… No es raro
escuchar más pesadillas, lamentos y quejas que sueños y
propuestas que vayan haciendo realidad la esperanza que
trabajamos el año que recién ha terminado. ¿Cuándo terminará
el mal que sigue azotando a individuos, familias, comunidades,
países? Es una pregunta que desencadena otras, en espera de
una respuesta que nos devuelva la confianza y la paz.
Todos queremos que el mal disminuya en nuestro mundo. Al
iniciar este año nos hemos deseado paz y felicidad, que la
bondad triunfe sobre la maldad, que lo que nos hace realmente
felices esté presente en forma de paz en conciencias y familias.
¿Es posible todo esto? No hay duda que sí podemos pasar de los
deseos a las buenas acciones que abonen al cultivo de una sana
convivencia. Buscar hasta encontrar soluciones prontas,
viables, pacíficas ante la complejidad de los conflictos que
vivimos es tarea de individuos, familias, organizaciones sociales,
iglesias, poderes públicos.
Escuchar atentamente la presentación que Juan hace de Jesús
en el Evangelio dominical puede darnos luces para ir al fondo
de los ‘porqués’ de lo que estamos viviendo. Desde que el ser
humano es ser humano nada sucede y acontece por azares de
un destino ciego, cruel, malévolo. Somos seres libres con
posibilidades de esclavizarnos y vender nuestra libertad por una
bicoca. Bien y mal, virtud y vicio, bendición y maldición, verdad
y mentira, libertad y esclavitud… han sido formas como la
razón ha tratado de describir la compleja realidad del ser
humano. Los cristianos hablamos de pecado y salvación.
Juan es consciente de esta cruda realidad de la humanidad y
presenta a Jesús, Hijo de Dios, como el cordero de Dios quequita el pecado del mundo. Nuestra fe en Él puede
ayudarnos a escudriñar las raíces hasta encontrar lo que hay
detrás de los males que nos aquejan. ¿Soberbia? ¿Egoísmo?
¿Avaricia? ¿Mentira? ¿Pereza? Jesús Salvador puede curar las
raíces del mal, sanar nuestra libertad y hacernos personas
nuevas. Todos los días pedimos en el Padre Nuestro que nos
libre del mal. Pongamos a trabajar nuestra fe en Él y dejemos
que el horizonte de la esperanza vuelva a orientar nuestras
luchas y fatigas.
El mal seguirá presente en el corazón humano. No es que Dios
se haya desentendido de nuestra salvación. Falta dejar que el
Espíritu Santo sea nuestro huésped permanente para que
demos el testimonio de la verdad contra la mentira, de la
caridad contra las ambiciones egoístas, de la solidaridad contra
la asesina indiferencia. Jesús es el definitivo Cordero Pascual
que quita todos los pecados del mundo. Las violencias, la
anarquía, el desánimo, nada resuelven. Pongamos en el
escenario de las búsquedas nuestra participación, colaboración,
compromiso y solidaridad.
Que Jesús, Cordero de Dios, ilumine mentes y corazones para
que demos testimonio de la verdad y seamos realmente libres.
Iniciemos con esperanza la semana de oración por la unidad de
los cristianos.
Les abrazo con la bendición de Dios.
+Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas