
XIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“El que no toma su cruz, no es digno de mí.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí”.
Mateo 10,37-42
El discípulo de Jesús es sometido a prueba de muchas formas;
no bien supera unas cuando tiene que hacer frente a otras. No
me refiero a las ‘pruebas’ que tienen que pasar los estudiantes
para acceder a grados superiores; son necesarias, ciertamente.
Me refiero a pruebas de tipo existencial, a las que tocan el alma
y exigen opciones que comprometen el presente y el futuro. Lo
hemos vivido durante la pandemia y nos aprestamos a enfrentar
las crisis que vienen como consecuencia de decisiones tomadas
u omitidas con anterioridad. Cada persona y la institución que
la cobija han de discernir prudentemente para tomar decisiones
sabias y oportunas.
En el texto evangélico de este domingo Jesús trata de
situaciones que se salen de lo ordinario, lo religiosamente
correcto, lo culturalmente oportuno. La manera como expresa el
llamado a su seguimiento radical suena a romper con la familia
y las demás cuerdas que se ‘amarran’ con las seguridades
conocidas. El texto se inscribe en las recomendaciones que da a
los discípulos enviados a predicar la Buena Nueva. Es un texto
exigente, incómodo, sólido, retante, aplicable en cualquier
circunstancia.
Jesús pide radicalidad en quienes han decidido seguirlo. Nada
hay superior para quien ha hecho la opción por Él. Jesús no se
opone a la familia, ni al amor humano, ni a las instituciones
que éste ha creado; va mucho más allá. El ‘cambio de casa’ no
deja al discípulo a la intemperie; éste encontrará una nueva
familia basada no en la sangre sino en el espíritu. Quienes
escuchen la palabra serán los miembros de la nueva familia y
establecerán vínculos más fuertes que los provisionales de la
sangre o la conveniencia.El amor radical a Jesús enriquece y hace madurar a la persona;
nunca la empobrece. Jesús une el amor verdadero con el tomar
su cruz y hacerse responsable de la vida. Solamente este amor
hace crecer a la persona y abona al mundo la bondad del amor
fecundo. Lo que distingue al discípulo de Jesús es el dar y darse
en cualquier circunstancia, por más complicada que sea. La fe
en él es un don y una opción radical. Por eso pide renunciar a
la propia vida y dejarse seducir permanentemente por Él.
Nuestro mundo necesita de discípulos sólidos en su fe; el
discípulo ‘líquido’ no aplica, está descartado. El amor que
irradie debe notarse en la recreación de un ambiente sano y
amigable en el hogar y su entorno; en el gesto de la escucha, la
generosidad y la cercanía con el prójimo más necesitado; en el
compartir el pan de la sabiduría con quienes padecen distintos
tipos de hambre; en la responsabilidad solidaria que cuida y
trabaja en la recuperación de un tejido social más sano.
Nuestro país necesita de cristianos con una fe sólida,
testimonial, humilde, comprometida.
En víspera de la fiesta de san Pedro y san Pablo, bendigo sus
ires y venires.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas