Editoriales

Deja que te rechacen

El teléfono dejó de sonar, los mensajes cada vez eran menos, las fotografías en redes lo decían todo. Mi amiga ya tenía una nueva amiga y yo había quedado en segundo lugar. Éramos inseparables, pero quizás mi constante manera de hablar de mis problemas con ella fue lo que la alejó de mí. Tal vez fui demasiado tóxica al hablar tanto de mí, tal vez debí ser más divertida o escucharla más; debí ser menos intensa, debí ser menos yo. Comentaba mi paciente en su tercera sesión. Se había estado sintiendo muy ansiosa y revisaba todos los días el perfil de su amiga para ver si salía con alguien más. Tenía miedo de no encontrar a alguien con quien conectar, temía sentirse sola y estaba dispuesta a recuperar aquella amistad. Con el tiempo comenzó a aceptar cualquier invitación para salir con tal de no sentirse tan sola, a pesar de que los planes no le atrajeran. Trataba de ser o parecer inteligente con tal de sentirse aceptada en cualquier grupo. Se sentía cansada la mayoría del tiempo y con un aire de insatisfacción que no lograba entender. Ella no se daba cuenta de que estaba dejando de elegirse a ella misma con tal de no sentirse rechazada. Pero fue entonces cuando por fin logra darse cuenta de que aquella vieja herida de la infancia llevaba tiempo activada.

¿Alguna vez te ha pasado que, por más que intentas luchar con ese sentimiento o pensamiento, no puedes seguir huyendo de eso que se te sigue presentando una y otra vez en diferentes escenarios? La vida parece insistir a veces, en darnos un mensaje: no son ellos, es la herida que no ha sanado. No es que te rechacen, es solo que no te eligen; y no es que tengas algo malo en ti, es que, simplemente, a veces, solo es cuestión de elección. ¿Cómo interpretar cuando, efectivamente, alguien nos evita, nos deja de llamar o nos deja de invitar? Eso que sentimos y pensamos cuando nos rechazan.

Es como en el supermercado cuando eliges un producto y no otro; no es porque queramos hacer sentir mal a los demás. Elegimos desde lo que nos hace sentir mejor y, si podemos ponernos en el lugar de quien elige, nos daríamos cuenta de que todo el tiempo elegimos y, de alguna manera, también dejamos de elegir a algunas personas.

Las explicaciones, cuando alguien no te elige, pueden llegar a tu mente como una avalancha de diferentes escenarios o pensamientos que se repiten una y otra vez: “me están rechazando”, “hay algo malo en mí”. Hay cosas que, más que entenderlas, hay que empezar por aceptarlas, sobre todo si son elecciones que no son tuyas. Este tipo de pensamientos automáticos han sido descritos desde la terapia cognitivo conductual, como aquellas interpretaciones que influyen en como nos sentimos y la manera en la que actuamos (Beck, 1976).

Se me viene a la mente la imagen de este personaje de Marvel, Doctor Strange, quien podía, en cierta manera, manipular el tiempo y las circunstancias, buscando la forma de que todo tenga un equilibrio, eligiendo los escenarios perfectos para un resultado perfecto. Qué increíble poder arreglar todo así. Lamentablemente, no somos él; no podemos cambiar lo que sucede afuera ni lo que ya hicimos, pero sí podemos cambiar cómo interpretamos eso que nos duele, en este caso, el rechazo.

Para algunas corrientes psicológicas es más sencillo explicarlo como un trauma o una creencia; a mí me gusta explicarlo como una herida latente, de esas que nunca sanan del todo, pero que, de alguna manera, te recuerdan que hay algo que sucedió en tu pasado y que te invita a relacionar los eventos del ahora con esa herida. Muchas personas van por la vida reaccionando a diferentes situaciones a través de las heridas.

Si bien algunos autores opinan que la herida del rechazo se genera desde el vientre materno durante la gestación, otros opinan que es algo heredado de generación en generación; otros, incluso, que es algo aprendido.

Creo que me quedo con la versión que dice que las heridas forman parte de quien eres y que, si no aprendemos aconocerlas, pueden hacernos pasar malos ratos, sobre todo cuando no entendemos por qué alguien no se quedó con nosotros o no nos eligió, a pesar de haber sido leales, buenas personas, detallistas, quedándonos solo con dudas sobre nuestro propio valor, como, por ejemplo: ¿qué está mal en mí?, ¿en qué fallé?

Esa persona dejó de ser un lugar seguro desde que dejó de elegirnos y, fíjate bien, fue una elección; ahí nada tiene que ver lo que tú hagas o dejes de hacer.

Cuando uno se da cuenta de que elegirnos a nosotros mismos es la única manera de poder transitar situaciones como que un amigo no te llame más o que las cosas cambien, es una forma de volver a lo más importante: tú.

Cada herida que logres reconocer en tu vida te puede llevar a lo más importante: estar bien tú, amarte tú, validarte tú. Dejar de rechazarte cuando alguien te rechaza; dejar de abandonarte cuando alguien te abandona, y así con las demás heridas.

Volver a ti es el único camino para enfrentar eso que te lastimó tiempo atrás. No hay nada de malo en ti, ni en ellos. Ellos, al igual que tú, eligen lo que es mejor para su vida; lo mismo puedes hacer tú.

Cuando no conoces tu valor, buscas validación afuera, notando que, si los demás te eligen, estás haciendo algo bien. No se trata de no sentirse triste o desanimado nunca, sino de saber distinguir cuándo eso que te agobia es, quizá, la herida hablándote.

Muchas veces no reaccionamos desde lo que sucede en el momento presente; algunas veces tomamos partes del pasado y de nuestra historia que, de alguna manera, activan una herida. Desde la Terapia de Esquemas se le conoce como esquema de abandono o rechazo, desarrollado por Jeffrey Young a finales de los años ochenta, en donde habla sobre varios esquemas que describen la conducta. Él explica que estos esquemas se originan en la infancia y luego se activan en la edad adulta (Young et al.,2003).

La cuestión aquí es que, cuando se actúa desde un nivel de afrontamiento dominado por la herida, es cuando sufrimos. Young lo explica en tres formas principales de afrontamiento (Young et al., 2003):

Rendición al esquema: cuando aceptas la creencia como una verdad. Un ejemplo sería pensar: “las personas siempre me dejan”, “siempre me rechazan”; y, en cuanto a la conducta, esta se vería afectada cuando existe una tendencia a vincularse con personas emocionalmente no disponibles o, en otras palabras, relacionarte con quien te rechace.

Evitación: sucede cuando se evita sentir la herida; por ejemplo, al no involucrarse profundamente con alguien o mediante la desconexión emocional, que puede expresarse como: “mejor no me encariño”, evitando, en cierta manera, contactar con las personas, pero más con la herida.

Sobrecompensación: es cuando se actúa desde un extremo opuesto, en donde la persona puede volverse demandante o muy controladora para evitar sentir el abandono o el rechazo, buscando, de igual manera, constante validación, con un miedo intenso a perder al otro.

¿Qué podemos hacer si ya identificamos esta herida?

Esto no se resuelve solo entendiendo lo que sucede, sino aprendiendo a relacionarte con lo que sientes y con lo que haces cuando esta herida se activa:

​1.​Lo primero sería nombrar aquello que sientes, darle el valor que merece a eso que te ha estado preocupando.

​2.​Aprender a identificar la herida cuando se activa.

​3.​Cuestionar tu interpretación automática de la situación; por ejemplo, pensamientos como: “no soy suficiente”, “hay algo malo en mí”.

​4.​Diferenciar entre rechazo y elección: el que no te elijan no define quién eres ni tampoco tu valor.

​5.​Dejar de abandonarte cuando se activa la herida, evitando rechazarte también y, más bien, pregúntate: ¿cómo puedo acompañarme en este momento?

​6.​Elígete siempre: pon límites, deja de insistir donde no hay reciprocidad, deja de sobre esforzarte para que alguien se quede; elige espacios donde te sientas bienvenido.

Mi recomendación más sincera para ti, que sigues en la búsqueda de tu mejor versión, es que atravesar eso que te lastima no es buscar anestesia para que no duela, sino cambiar la interpretación de lo que viviste; eso puede ser aquello que mañana te dé la fortaleza para poner los límites necesarios para ti y para el mundo, para que te ames completamente, aunque los demás no lo hagan. Empieza por amarte tú; esa siempre será la mejor terapia. El comenzar a interpretar los sucesos como experiencias dolorosas y no como una huella imborrable o una marca con la cual identificarse. Eres más que tus heridas, eres quien aprende cada día de lo que dolió y ahora puedes ser tu lugar seguro siempre que lo necesites.

Por último, si consideras que es algo que te atormenta a diario, también se vale pedir ayuda. Recuerda: no es de cobardes hacerlo; ser vulnerable también es fortaleza en este mundo lleno de matices emocionales.

Te saluda Diana Carreño, psicóloga, esperando que llegue ese momento de calma y de reflexión a tu vida cuando más lo necesitas.

Fuentes

Jeffrey Young, J. E., Klosko, J. S., & Weishaar, M. E. (2003). Schema therapy: A practitioner’s guide. New York, NY: Guilford Press.

Aaron Beck, A. T. (1976). Cognitive therapy and theemotional disorders. New York, NY: International Universities Press