Editoriales

Defender la soberanía no es consigna: es dignidad y memoria histórica

Por Manuel Cárdenas 

En un mundo donde los imperios ya no necesitan ejércitos para someter naciones, sino mercados, tratados, bloqueos y narrativas, hablar de soberanía no es una nostalgia ideológica: es una urgencia política y ética.

La reciente Jornada Nacional en Defensa de la Soberanía no surge del vacío ni atiende a discursos populistas o protagonistas, surge de la necesidad de enviar un mensaje desde el pueblo para el pueblo, desde adentro y que resuene en todas las naciones que observan desde afuera. Surge de una memoria colectiva que no olvida que cada vez que México bajó la cabeza ante potencias extranjeras, perdió algo más que territorio: perdió futuro, perdió industria, perdió derechos, perdió dignidad.

Porque la soberanía no es un concepto abstracto. Es el derecho a decidir cómo producimos, cómo educamos, cómo cuidamos nuestros recursos, cómo protegemos nuestra vida y cómo trazamos nuestro destino.

Y eso —aunque incomode— es profundamente político.Los grupos opositores no tardaron en criticar en ver esta movilidad cómo un discurso, sin entender que esto va más a allá de colores o partidos. 

Durante décadas, nos vendieron la idea de que abrir el país era modernizarse, que privatizar era progresar, que depender era inevitable. Nos prometieron prosperidad a cambio de obediencia. Lo que obtuvimos fue desigualdad, precarización y una economía subordinada.

Hoy, cuando el pueblo vuelve a hablar de soberanía, no lo hace desde el nacionalismo vacío, sino desde una conciencia nueva: la soberanía es justicia social, es bienestar, es democracia real, es autodeterminación.

Por eso esta jornada no es una marcha más o un discurso. Es un mensaje claro al mundo:
México no está disponible.
México no se subordina.
México no se arrodilla.

En un contexto internacional donde las grandes potencias vuelven a ensayar formas modernas de colonialismo —económico, financiero, energético y narrativo—, levantar la voz no es radicalismo: es supervivencia histórica.

La soberanía hoy se defiende en el salario digno, en la energía pública, en la defensa del agua, en la regulación de los mercados, en el derecho a decidir nuestro modelo de desarrollo. Se defiende en no permitir que nos impongan agendas que no nacen del pueblo sino de corporaciones y gobiernos extranjeros.

Defender la soberanía no es aislarse del mundo. Es relacionarse con él desde la dignidad, no desde la subordinación.

Hoy entendemos algo que las viejas élites nunca quisieron aceptar:
no hay justicia social sin soberanía,
no hay democracia real sin soberanía,
no hay paz sin soberanía.

Y por eso la soberanía vuelve a ser palabra viva, no eslogan muerto.

Porque cuando un pueblo vuelve a reconocerse dueño de su destino, ningún imperio puede volver a tratarlo como colonia.

México despertó.
Y un pueblo despierto ya no vuelve a ser sometido, porque ni de adentro, ni  afuera podrán con este pueblo.