
XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“¿Vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”
Mateo, 20,1-16
La experiencia de cada día nos muestra que Dios es bueno,
aunque, de vez en cuando, nos carcome la duda. Es
comprensible que entre en la mente la idea de que Dios tiene
una balanza especial para cada persona: a unos les alcanza
para todo y, a otros, les faltan gramos, segundos, minutos.
¿Quién lleva el control de entradas y salidas, horas y minutos,
de la bondad de Dios?
Los vaivenes de la vida nos invitan a pensar en el valor de cada
segundo y su circunstancia. La persona es víctima de sus
propias decisiones y, con frecuencia, de las decisiones de otros.
La hora de personas e instituciones puede ser afectada en un
instante. Entonces la fe en Dios es puesta a prueba en su lado
más crítico: el sufrimiento, la fragilidad, la injusticia, la
incertidumbre. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué en esta hora?
El corazón humano en su máxima vulnerabilidad. A nadie
debería dejar indiferente el dolor existencial del prójimo.
“Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus
caminos no son mis caminos, dice el Señor y nos hace
reflexionar el profeta (primera lectura). Todo cambia/puede
cambiar en un instante y desembocar en efectos imprevisibles,
dolorosos, desconcertantes, trágicos. La alarma de los riesgos
sigue sonando en cada momento en espera de explicaciones. La
incertidumbre trastoca el sentido de las horas en la
organización de la vida personal, familiar, social.
La palabra de este domingo habla con claridad del tiempo de
Dios y de la ‘hora convenida’ con los trabajadores de la viña.
En la parábola aparece con claridad la actitud desconcertante
de la bondad de Dios que no anda calculando lo que
corresponde a cada uno –con todo y rebajitas-. La respuesta y
el compromiso siguen siendo necesarios, pero la recompensa
depende siempre de la gratuidad y de la bondad de Dios.En las horas que vivimos tenemos el reto de pensar, esperar y
actuar en positivo, con responsabilidad social y con gratuidad,
al estilo de Jesús. Podemos salir mejores seres humanos si
aceptamos que la hora de Dios transforma nuestras horas. El
Papa Francisco en una de sus catequesis nos ha enseñado que
“la respuesta cristiana a las diversas crisis se basa en el amor
de Dios que siempre nos precede…”
Hay muchos síntomas de que la hora de Dios y las nuestras
pueden trabajar y servir en equipo. La entrega de tantas
familias, la generosidad de muchísimos trabajadores del bien, la
solidaridad, el amor al vecino en las redes de fraternidad… son
un signo de que podemos crecer en humanidad venciendo
desigualdades e intereses mezquinos. Tenemos esperanza
fundada de que otro estilo de vida puede emerger desde las
sombras de esta hora y de los corazones de gente como tú.
Todos tenemos la oportunidad para trascender y podemos
acompañar a otros para que vuelvan a elevar el vuelo.
La hora de Dios es siempre hora de salvación para todos. Nunca
lo olvidemos
Con mi afecto y mi bendición.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas