Editoriales

De color amarillo 

Sé que quizás algunas personas han sentido que la vida puede ser difícil, dolorosa, y que en determinados momentos todo parece haberse vuelto de color gris. Hay etapas en las que el cansancio, la tristeza, la desesperanza o el sufrimiento pueden nublar nuestra manera de mirar la vida y también nuestra capacidad para imaginar que las cosas pueden ser diferentes.

Por fortuna, cada vez hablamos más de aquellas situaciones y que afectan al ser humano. Se están abriendo espacios de escucha y acompañamiento en los que las personas pueden sentirse seguras para compartir lo que están viviendo, incluso aquello que les resulta difícil poner en palabras.

Porque sí: habemos muchos que podemos entender el dolor ajeno. Y también sabemos que cuando el dolor se vuelve demasiado intenso, puede llegar un momento en el que la persona deja de encontrar alternativas. No necesariamente porque quiera morir, sino porque desea dejar de sufrir y, desde ese estado de desesperanza, puede llegar a percibir la muerte como una vía de escape.

Por eso es tan importante hablar del suicidio sin juzgar.

¿Qué lleva a una persona a pensar en terminar con su vida? Las razones pueden ser muchas y complejas. Pueden existir pérdidas, violencia, problemas económicos, enfermedades, rupturas, soledad, depresión, desesperanza o una combinación de diferentes circunstancias. Pero hay algo que debemos dejar claro: el suicidio no es falta de valor ni cobardía. Reducirlo a esas palabras solamente aumenta el estigma y nos aleja de la posibilidad de comprender y prevenir.

A veces juzgamos esta conducta porque no logramos entenderla. Y cuando alguien muere por suicidio, quienes se quedan pueden experimentar una enorme cantidad de preguntas: ¿por qué lo hizo?, ¿por qué no me dijo?, ¿pude haber hecho algo?, ¿cómo no me di cuenta?

La culpa puede convertirse entonces en otra forma de dolor.

También existe un gran tabú alrededor del tema. Sobre todo cuando, desde la mirada de quienes rodeaban a la persona, aparentemente no había señales. Pero no siempre podemos conocer la dimensión del sufrimiento que alguien lleva por dentro. Por eso, en lugar de buscar culpables, necesitamos construir más espacios donde hablar sea posible.

Existen también diferentes creencias y corrientes espirituales que han intentado explicar qué sucede después de la muerte. Algunas hablan de continuidad, de aprendizaje o de nuevas experiencias; otras tienen concepciones distintas. Son preguntas profundas que forman parte de la historia y las creencias de cada persona. Sin embargo, cuando hablamos de prevención del suicidio, lo más importante es mirar lo que ocurre aquí y ahora: el sufrimiento de una persona que necesita ser escuchada y acompañada.

Este 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una iniciativa que busca crear conciencia, promover la prevención y recordarnos que hablar de salud mental puede salvar vidas.

Y quizá por eso resulta significativo que el amarillo sea uno de los colores asociados a la prevención.

El amarillo se convirtió en un símbolo a través del movimiento Yellow Ribbon —Cinta Amarilla—, surgido en Estados Unidos después de la muerte por suicidio de Mike Emme, un joven conocido por haber restaurado y pintado de amarillo un Mustang. Su familia comenzó a utilizar cintas amarillas con mensajes de apoyo para quienes estuvieran atravesando momentos difíciles.

Con el tiempo, el amarillo comenzó a representar esperanza, vida, acompañamiento y la posibilidad de pedir ayuda.

Me gusta pensar que entre tanto gris, el amarillo representa esa pequeña luz que quizá una persona todavía no puede ver por sí misma.

Porque prevenir no significa tener respuestas para todo. A veces significa simplemente acercarnos y preguntar: “¿Cómo estás?”, pero hacerlo de verdad. Escuchar sin juzgar. No minimizar. No decir “échale ganas” cuando alguien está sufriendo. Y, cuando sea necesario, ayudarle a encontrar atención profesional.

No siempre podremos saber lo que alguien está viviendo. No siempre podremos evitar todas las tragedias. Pero sí podemos contribuir a crear una cultura donde hablar del dolor sea posible y donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza.

Quizá de eso se trata el amarillo.

De recordarnos que, incluso cuando alguien siente que su mundo se ha vuelto gris, no tiene que atravesarlo en soledad.

Que hablar importa.

Que escuchar importa.

Que acompañar importa.

Y que pedir ayuda también puede ser una forma de volver a encontrar un poco de luz. 💛

Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma llegue a tu vida cuando más lo necesites.

Si deseas alguna orientación te dejo mi número de contacto para poder apoyarte

6658512444.