
XV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Una vez salió un sembrador a sembrar”
Mateo 13, 1-23
Un pensador contemporáneo afirmaba contundente “no juzgues
el día por la cosecha que has recogido sino por las semillas que
has plantado” (R.L. Stevenson). Me imagino la vida humana
como la tierra disponible para sembrar semillas de todo tipo.
Sabemos también que cultivar la semilla germinada es
indispensable para recoger los frutos soñados y anhelados.
¿Qué frutos? ¿Cuántos? Depende de las semillas sembradas,
nacidas, cultivadas. Los frutos no se comen a sí mismos, son
para otros.
Suele suceder que en el trayecto de la vida aparecen altibajos,
tanto en la siembra como en el cultivo. En algún momento nos
preguntamos para quién trabajamos, cuándo y cómo terminará
todo. Cuando llega la adversidad pensamos que nuestros
proyectos se vienen abajo. Las crisis nos prueban de qué
estamos hechos, qué, para qué y para quién sembramos. La fe
en Dios es crucial para convertir las crisis en oportunidades.
Sembrar semillas de esperanza es regar responsablemente la
tierra para que haya abundantes frutos de caridad.
Me impresiona en la parábola de este domingo la firme
determinación del sembrador: “salió a sembrar”. Amor a prueba
de todo, generosidad sin límites, confianza total en el ser
humano, conocimiento del clima, la semilla, la tierra.
Imaginemos el rostro sudado y confiado del sembrador que
espera buena cosecha. En el hecho mismo de salir a sembrar
está ya presente un futuro de abundancia y saciedad. La misma
semilla lleva dentro de sí la potencialidad de la esperanza que
un día se cumplirá.
Nuestra firme convicción es que Dios sale a sembrar en todo
tiempo, ¿también en tiempos de elecciones? No tira la semilla y
se retira; trabaja siempre, no descansa. Dios siembra la
simiente del Reino en el campo del mundo y en la parcela denuestras historias; confía en que todo ser humano posee la
capacidad de dar frutos. La hora de Dios abarca todas nuestras
horas y tipos de tierra.
La parábola da a entender que no todo depende del sembrador,
ni de la semilla. Hay otros factores que pueden hacer fracasar la
esperanza de la cosecha. A unos, la semilla les cuestiona; a
otros, les moviliza para entender; a otros, les deja indiferentes.
La semilla que a unos les provoca para la acción a otros les
aburre. Es la cruda y emocionante realidad de la libertad que
acoge, rechaza, o ‘le vale’. Acoger la semilla del Reino y hacerla
fructificar exige la humildad de la fe, disponibilidad generosa,
trabajo perseverante, esfuerzo compartido, esperas confiadas.
El hecho de que Dios salga todos los días a esparcir la semilla
significa que no se han acabado las oportunidades. Los tiempos
de polarización que vivimos también pueden ser tierra buena
para sembrar las semillas del amor al prójimo que piensa
diferente y tiene otra visión de la vida y su futuro. Las semillas
de reconciliación son las mejores para sanear y reconstruir el
tejido social.
Sigamos cultivando la esperanza de disfrutar la cosecha de la
paz y el gozo, frutos de la presencia del Reino de Dios en medio
de nosotros.
Con mi afecto y bendición.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas