
XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Soy manso y humilde de corazón”
Mateo 11, 25-30
Las encuestas, estadísticas y sondeos han tomado carta de
ciudadanía en los nuevos usos y costumbres de la sociedad de
nuestros días. Su aplicación ayuda a definir y decidir
candidaturas y soluciones utilitarias a diversos conflictos. El
problema es que no aplican a los problemas más profundos del
ser humano, por ejemplo, el sufrimiento ocasionado por tantas
violencias, inesperadas enfermedades, trágicos accidentes. El
sufrimiento no cabe en esas mediciones, ni alivian ni dan
esperanza.
A pesar de todo, encontramos personas que nos dejan con la
boca abierta por la sabiduría en su enfrentar la adversidad con
entereza. Es la gente que saca lo mejor de sí y lo pone a
disposición de otros. Dios nos ha puesto en el camino a
personas con una sabiduría que sólo se aprende en la escuela
de la fe y el amor. Hay tanta gente de este calibre en nuestro
entorno.
En nuestro tiempo hablamos poco de vecinos; vivimos en el casi
anonimato de la ciudad. Nos conformamos con verlos en las
pantallas que gente anónima ‘sube’ a la red. Quizá nos estemos
perdiendo lo mejor que nuestros vecinos han sembrado y
cultivado en el silencio de sus sufrimientos.
Al escuchar el Evangelio de este domingo de verano me imagino
a Jesús mirando a la gente sencilla de su entorno. Eso de “¡yo
te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y entendidos, ¡y las has
revelado a la gente sencilla!”, suena a un grito que sale del
fondo de un corazón humilde, amoroso, sencillo, sensible. Nos
encontramos a un Jesús que mira la grandeza de los sencillos,
la sabiduría que sólo ellos pueden irradiar. No alaba laignorancia, mucho menos la ingenuidad ante la adversidad y el
dolor causado por actitudes egoístas.
El grito gozoso de Jesús reconoce las maravillas de Dios en el
diario vivir de la gente sencilla, la que no tiene problemas en
reconocerle y aceptar la Buena Nueva del Reino. La fe en Él se
convierte en sabiduría porque abre al misterio de Dios y a los
misterios que encierra la vida. Escuchar y aceptar el “yo soy
manso y humilde de corazón” es alivio esperanzador, descanso
reparador, fortaleza que reconforta. El alivio que da Jesús
libera, dignifica y da sentido a todo sufrimiento.
No todos pueden entender/aceptar este lenguaje y estilo de
vida. En el mundo complejo en el que vivimos parece que no
hay espacio para los sencillos; son otros los valores que
prevalecen. Las crisis que vivimos han puesto de manifiesto la
fragilidad de un mundo construido sobre la arena de la soberbia
de creernos los dioses de la posmodernidad. Las cargas se están
volviendo insoportables.
Sólo la actitud humilde de los sencillos que aceptan a Dios
como centro de la vida y de la historia puede transformar el
sufrimiento en sabiduría y la pequeñez en grandeza.
Con mi bendición para el mes de julio y el deseo de un
saludable descanso.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas