
XI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Jesús envió a sus doce apóstoles con instrucciones”
Mateo 9,36-10,8
La misión de la Iglesia es la misma en todo tiempo; lo que va
cambiando son las urgencias y las necesidades en las personas
a quienes se anuncia el Evangelio. El texto de Mateo presenta,
antes de describir la misión de los ‘doce discípulos’, un resumen
de las condiciones existenciales de aquella gente y la actitud
compasiva y sanadora de Jesús. Esto mismo pedirá a sus
discípulos de cualquier época: un corazón compasivo y la firme
convicción de que el Evangelio alivia el sufrimiento y conduce a
la salvación.
En el texto evangélico que la Iglesia proclama y escucha este
domingo, Jesús se enfrenta a una situación crítica: mucha
gente cansada y abatida, desprotegida e ignorada por diversas
causas -diríamos hoy- busca y se acerca a Él. Jesús ora antes
de indicar el camino y se compadece como todo un buen
samaritano. Su corazón se enternece al ver el corazón humano
en sus contingencias, emergencias, aspiraciones, posibilidades.
No se queda paralizado ante los desafíos. Decide, habla, llama,
elige, da instrucciones, envía. Constata necesidades, se
conmociona, hace que el amor se haga abrazo concreto,
paciente, compasivo; alivia y sana efectivamente.
Queda claro que Jesús elige y envía a sus discípulos apóstoles a
la misión. Los retos de aquel tiempo son los de este tiempo:
hacer presente el Evangelio en las diversas y complejas
situaciones de la vida. Cómo me gustaría que cada bautizado
pusiera su nombre en el lugar de los discípulos apóstoles
citados en el Evangelio. El reto sigue siendo ser misioneros de
esperanza, ternura, responsabilidad, compasión, paz, respeto,
cercanía, participación, amistad social, en las diferentes edades
y situaciones de la vida y en todo lo que hay en su entorno. La
misión es una gracia que pide corresponsabilidad y cercanía
con la gente cansada y abatida de nuestro tiempo. Sobra decirque son muchedumbre, unas, personas visibles, otras, ocultas
en refugios existenciales, sociales, culturales.
Qué bueno que oramos por la misión y el aumento de
vocaciones misioneras. También es necesario orar para que
cada bautizado y toda familia sean misioneros alegres y
comprometidos; miren, atiendan, escuchen, se compadezcan de
los más vulnerables y de quienes andan extraviados en las
calles de la vida.
Pasemos de una fe cómoda y conformista al compromiso
generoso hacia y con los hermanos tirados en el camino.
Bajemos de nuestros ‘caballos’ y actuemos con prontitud y
eficacia. En el Reino de Dios no se admiten espectadores,
solamente testigos y misioneros de la compasión. Sigamos con
seriedad las instrucciones del Maestro de la compasión. Jesús
nos sigue mirándo con amor compasivo.
Con mi cercanía y bendición.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas