
En estos últimos días hemos sido testigos de una ola de noticias tristes, marcada por la violencia, el estrés y la desesperación. Es difícil observar cómo tantas personas sufren y sentir que muchas veces no podemos hacer nada para ayudarlas. Las injusticias aparecen a diario en las noticias: un niño desaparecido, un adolescente extraviado, un asesinato en un supermercado, una joven intentando saltar de un edificio.
En realidad, no estoy buscando a quién culpar por todas estas malas noticias. Más bien, busco crear conciencia de que cada uno de nosotros puede convertirse en una luz en el camino de otros. Podemos empezar simplemente dejando de ser indiferentes ante el dolor ajeno y dejando de creer que los problemas de los demás no son asunto nuestro.
Por eso te pregunto: ¿Qué podríamos hacer para convertirnos en una fuente de cambio para la sociedad? ¿Cómo podemos ser ese eslabón que forme una cadena fuerte de amor, capaz de inspirarnos unos a otros a realizar actos de servicio por los demás? Porque, cuando vemos todo a través de una pantalla, pareciera que no se puede hacer nada.
No necesitas ir tan lejos para ayudar. Empieza por ti, por tu hogar, por tus vecinos, por tus compañeros de trabajo y por tu comunidad. Participa, convive, escucha las necesidades de quienes te rodean. Deja de juzgar las vidas de los demás como si la tuya fuera perfecta. Conviértete en alguien que aporta para construir y no para destruir.
No se trata de meterse en asuntos ajenos; se trata de comprender que somos parte de un todo. Aunque no siempre lo sintamos así, lo que le sucede a una persona termina afectando a otra. Lo vemos todos los días cuando salimos de casa y nos encontramos con personas como tú y como yo: en el tráfico, en el supermercado, en el banco o en el parque, actuando como individuos aislados en lugar de una comunidad.
Seamos algo más que un grupo de personas que viven en el mismo lugar. Te aseguro que, si cada día te relacionaras al menos con una persona distinta, descubrirías que tus problemas no son tan grandes como parecen y que incluso podrías encontrar respuestas a través de las experiencias de los demás.
El problema es que ya no nos relacionamos lo suficiente. Quizá porque no vemos el beneficio, porque aprendimos a alejarnos o porque sentimos que debemos protegernos.
¿Recuerdas cuando eras niño y te llevaban al parque? Muchas veces jugabas con niños que no conocías. Tal vez te emocionaba compartir el juego con alguien nuevo, aunque jamás volvieras a verlo. Ese día se convertía en tu mejor amigo y pasabas momentos inolvidables. Perdonabas fácilmente, te reías por cualquier cosa, eras creativo, soñador y divertido. Imaginabas todo lo que querías ser cuando crecieras.
¿Y qué pasó con todo eso? ¿Qué pasó con esa capacidad de acercarnos a los demás? Hoy pareciera que vivimos evitándonos unos a otros. Nos hemos acostumbrado al miedo, a la desconfianza y a la indiferencia.
Te invito a girar la conversación que te ha llevado a dejar de ser tú mismo. Tal vez aprendiste que era mejor no confiar, no relacionarte o no involucrarte porque alguna vez te lastimaron o porque las cosas no resultaron como esperabas. Sin embargo, el resultado que hoy veo es una sociedad que poco a poco se desmorona.
Aun así, dejando de lado el pesimismo, también veo una sociedad que está despertando. Una sociedad que comienza a reconocer lo que realmente es vital: aquellas cosas que nos hacen mejores, más felices, más humanos y más interesados en el bienestar de los demás.
Lo que nos conduce a la calma, a la reflexión y al apoyo mutuo. Es cierto que puede resultar difícil que una persona que no cuida de sí misma pueda cuidar de otros. Aunque no siempre sea una regla, por algún lugar debemos comenzar si queremos construir bienestar para todos.
De algo sí estoy segura: cuando yo estoy bien, lo que me rodea también puede beneficiarse. Es como una ficha de dominó que, con un pequeño impulso, pone en movimiento a muchas más. Así es como se generan los cambios verdaderos, esos que pueden llevarnos al salto que como sociedad necesitamos dar.
Te invito a dejar el egocentrismo para otros tiempos, porque justo ahora necesitamos interesarnos por lo que nuestra comunidad requiere: compromiso, actos de servicio, amor al prójimo y, sobre todo, participación social.
Detente un momento y observa las necesidades que existen a tu alrededor. Verás que hay muchas formas de comenzar. Como una cadena de favores, donde hoy puedes inspirar a una persona mediante tus actos de amor y servicio, para que mañana esa misma persona haga lo mismo por alguien más que lo necesite.
Participa, involúcrate, aporta, ayuda, convive, escucha y permítete también recibir ayuda. Quizá esa sea una de las heridas que muchos compartimos: la sensación de que no siempre podemos confiar en los demás o de que nadie podrá ayudarnos.
Sin embargo, construir comunidad también implica aprender a recibir. Porque cuando dejamos de caminar solos, descubrimos que juntos somos mucho más fuertes.
Te escribe Diana Carreño tu psicóloga de corazón, esperando que este mensaje de reflexión y calma lleguen a tu vida cuando más lo necesites.