
Por Manuel Cárdenas
Hay movimientos políticos que nacen en los escritorios; otros nacen en los partidos y muy pocos, nacen en las plazas públicas, en los caminos de tierra, en las comunidades olvidadas, en la inconformidad acumulada durante generaciones. Estos últimos, quedan en las letras de nuestra historia y en los corazones patriotas de nuestra gente. La Cuarta Transformación pertenece a esta categoría.
Para entender el significado político del aniversario del triunfo que el día de ayer conmemoramos millones de mexicanas y mexicanos, es necesario ir más allá de una fecha electoral. Porque el 1 de julio de 2018, y posteriormente el 2 de junio de 2024, no representan únicamente victorias en las urnas. Representan el momento en que una parte importante del pueblo mexicano decidió cambiar la dirección histórica del país.
Durante décadas, México vivió bajo un modelo donde el crecimiento económico se convirtió en un fin en sí mismo, mientras millones de personas quedaban excluidas de sus beneficios. Se modernizaron ciudades, se firmaron tratados comerciales y crecieron algunos indicadores macroeconómicos, pero también crecieron la desigualdad, la concentración de la riqueza, el abandono del campo, la precarización laboral y la distancia entre quienes gobernaban y quienes eran gobernados.
Frente a ese modelo surgió una lucha. Una lucha que durante años fue considerada imposible. Una lucha que caminó durante décadas sin el respaldo de los grandes medios de comunicación, sin el apoyo de las élites económicas y enfrentando estructuras de poder profundamente arraigadas.
Lo que hoy conocemos como Movimiento de Regeneración Nacional nació mucho antes de convertirse en partido político. Nació como una expresión social de inconformidad frente a un sistema que millones de personas consideraban agotado.
Su verdadera fortaleza nunca estuvo en una oficina nacional ni en una dirigencia. Estuvo en la gente. En las mujeres que organizaban reuniones en sus colonias. En los jóvenes que repartían periódicos casa por casa. En los campesinos que seguían creyendo que otro país era posible. En los trabajadores que se negaban a aceptar que la pobreza fuera una condición permanente. En los adultos mayores que durante años fueron invisibles para las políticas públicas. Ahí se construyó el movimiento.
Por eso resulta insuficiente analizar la Cuarta Transformación únicamente como un fenómeno electoral.
En realidad estamos hablando de un proceso histórico donde sectores tradicionalmente excluidos comenzaron a ocupar el centro de la vida pública nacional.
Ese es quizá el símbolo más profundo de la transformación. El desplazamiento del poder. No la desaparición del poder, sino su reorientación.
Pasar de un modelo donde las decisiones se justificaban desde arriba hacia un modelo que busca legitimarse desde abajo. Pasar de preguntarse qué necesita el mercado a preguntarse qué necesita la gente. Pasar de administrar la pobreza a intentar combatir sus causas.
Por supuesto, ningún proceso de transformación está exento de contradicciones. Sería ingenuo afirmar que todos los problemas del país han sido resueltos.
México sigue enfrentando enormes desafíos en materia de seguridad, justicia, medio ambiente, desarrollo regional, acceso al agua, fortalecimiento institucional y combate a la corrupción.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre los retos de ayer y los de hoy. Hoy esos problemas ya no pueden discutirse ignorando al pueblo, y ese cambio es profundamente democrático.
La gran aportación política de este movimiento ha sido reinstalar al pueblo como sujeto histórico.
No como un concepto abstracto utilizado en discursos, sino como el eje alrededor del cual deben construirse las decisiones públicas. De ahí surge una de las ideas más poderosas del Humanismo Mexicano.
La convicción de que el desarrollo económico tiene sentido únicamente cuando mejora la vida de las personas.
Que el crecimiento debe medirse también en dignidad. Que la prosperidad debe compartirse. Que los derechos sociales no son concesiones gubernamentales, sino expresiones concretas de justicia.
Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum afirma que la transformación continúa, en realidad está planteando una discusión mucho más profunda que una simple continuidad administrativa.
La pregunta de fondo es si México seguirá construyendo un modelo donde la política esté al servicio de la economía o uno donde la economía esté al servicio de la sociedad.
Y esa discusión no es menor, porque en ella se juega el tipo de nación que queremos ser durante las próximas décadas. También existe otro elemento que merece atención especial, como el patriotismo.
Durante mucho tiempo se intentó presentar el patriotismo como un concepto conservador o exclusivamente ceremonial.
La Cuarta Transformación ha recuperado una visión distinta. Una visión donde amar a México significa defender su soberanía, proteger sus recursos estratégicos, fortalecer sus instituciones públicas y garantizar que las decisiones nacionales se tomen en México y para México.
No se trata de un nacionalismo excluyente. Se trata de una soberanía democrática. De la capacidad de una nación para decidir libremente su destino.
Por eso la defensa de la independencia nacional ocupa hoy un lugar central dentro del discurso político del movimiento. Porque no puede existir justicia social duradera sin soberanía. Ni soberanía verdadera sin participación popular. Ni participación popular auténtica sin democracia.
Dos años después del triunfo que consolidó el Segundo Piso de la Transformación, el reto ya no es únicamente ganar elecciones.
El verdadero desafío consiste en construir una transformación cultural. Una nueva ética pública. Una nueva relación entre ciudadanía y gobierno. Una nueva forma de entender el servicio público. Una nueva conciencia colectiva donde la solidaridad sea más fuerte que el individualismo y donde la comunidad tenga más valor que el privilegio.
La historia demuestra que las grandes transformaciones no se miden por los discursos pronunciados ni por las victorias electorales obtenidas.
Se miden por su capacidad para cambiar la vida cotidiana de las personas. Por eso, el mayor símbolo de este movimiento no es una plaza llena, un partido político o un gobierno.
El verdadero símbolo de la transformación sigue siendo el mismo que la vio nacer, el pueblo de México.
Ese pueblo que durante mucho tiempo fue visto como espectador de la historia y que hoy reclama su lugar como protagonista.
Porque al final, la transformación no pertenece a un dirigente, a una presidenta ni a una organización política. Pertenece a millones de mexicanas y mexicanos que decidieron creer que el país podía ser distinto.
Y quizá ahí radica su significado más profundo, no en haber llegado al gobierno, sino en haber recordado que la política, cuando se pone al servicio de la gente, puede volver a convertirse en una herramienta para construir patria, dignidad y esperanza.
Les mando un abrazo, Manuel Cárdenas.
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