
Por Manuel Cárdenas
Hay noticias que parecen pequeñas porque no hablan de campañas electorales, escándalos o conflictos partidistas. Pero con el paso del tiempo terminan convirtiéndose en momentos históricos. Una de ellas ocurrió el pasado 15 de mayo de 2026 en Baja California, ya que se consolidó el reconocimiento y protección de las principales montañas nativas y sagradas del estado, desde el Cuchumá hasta el Paralelo 28, mediante un proceso impulsado por el Consejo de Patrimonio Cultural.
Más allá de los detalles jurídicos que aún deberán transparentarse y hacerse públicos en su totalidad, el mensaje político, cultural y humano es enorme. Porque, si esto se consolida jurídicamente, Baja California estaría dando un paso distinto: reconocer que ciertos territorios no son solamente superficies geográficas ni recursos explotables. Son memoria viva.
Durante muchos años construimos una visión del desarrollo basada casi exclusivamente en el crecimiento físico: más vialidades, más expansión urbana, más infraestructura, más inversión. El desarrollo, nos dijeron, debía medirse por la cantidad de concreto colocado sobre la tierra. Y aunque nadie puede negar la importancia del crecimiento económico y la infraestructura, también es cierto que una sociedad que únicamente crece hacia afuera puede terminar vaciándose por dentro.
Los pueblos originarios entendieron algo mucho antes que nosotros: los territorios también tienen significado. Las montañas no eran accidentes geográficos; eran centros espirituales, espacios ceremoniales, rutas de conocimiento y lugares de encuentro entre generaciones.
Tenemos la obligación de detenernos y reconocer a todas las personas que han luchado tras muchos años, personas que decidieron no rendirse, como Norma Alicia Meza Calles y muchas voces comunitarias que insistieron en algo aparentemente sencillo, proteger aquello que no puede volver a construirse.
El caso del sagrado Cerro Cuchumá quizá sea uno de los ejemplos más visibles. Para muchas comunidades kumiai, el Cuchumá no es una elevación de tierra y roca. Es un espacio de profunda conexión espiritual y cultural. Ahí habita una memoria colectiva que difícilmente puede medirse en metros cuadrados, avalúos o escrituras.
Y aquí vale hacer una pausa importante.
Muchas veces pensamos que proteger patrimonio cultural significa únicamente conservar edificios antiguos, misiones o monumentos históricos. Pero el patrimonio también puede ser paisaje, espiritualidad, identidad y memoria comunitaria. El patrimonio también puede ser una montaña.
Lo interesante de este momento es que rompe una lógica histórica: durante décadas, las comunidades indígenas tuvieron que explicar una y otra vez por qué aquello que para ellas era sagrado debía ser respetado. Tuvieron que demostrar que la memoria también tiene valor jurídico y social. Y quizá lo verdaderamente poderoso de este momento es que el Estado empieza a reconocer algo que debió entenderse desde hace mucho tiempo, que la historia de Baja California no comenzó con nosotros.
Comenzó mucho antes de las fronteras, mucho antes de los catastro, mucho antes de las escrituras, y mucho antes de los gobiernos.
También vale reconocer el trabajo de quienes impulsaron esta lucha desde distintos espacios culturales, comunitarios e institucionales. Detrás de estos procesos casi nunca hay reflectores suficientes. Hay años de insistencia, resistencia y trabajo silencioso para convencer a instituciones de que ciertos temas merecen protección.
Porque hay algo que deberíamos preguntarnos como sociedad: ¿qué cosas estamos dispuestos a perder en nombre del progreso?
Porque el verdadero desarrollo no consiste en destruir la memoria para construir el futuro. Consiste en encontrar la manera de que ambos puedan coexistir.
Las ciudades necesitan crecer, sí. Pero también necesitan recordar.
Y quizá uno de los mayores actos de madurez colectiva sea entender que proteger una montaña no es detener el desarrollo; es reconocer que hay cosas cuyo valor supera cualquier cálculo económico.
Porque hay territorios que sostienen infraestructura. Y hay otros que sostienen identidad, y cuando un pueblo pierde su identidad, comienza lentamente a perderse a sí mismo.