Editoriales

Vivir con depresión

Sofía vivía enojada casi todo el tiempo; peleaba con sus padres a diario, con sus hermanos y con sus compañeros de escuela. Le decían “Sofía corajes”, algo que también le molestaba. Le habían contado que, de niña, era muy corajuda, lo que le hizo considerar normal su mal humor, incluso como parte de su personalidad; así se definía a sí misma: enojona, malhumorada y amargada. No sonreía casi; se reía de vez en cuando de algunos chistes en la televisión o en redes sociales. Además, casi no tenía amigos debido a su falta de tolerancia.

Durante la escuela sentía que no encajaba y pasaba la mayor parte del tiempo sola. Cuando entró a la preparatoria, empezó a hacer más amigos; parecía haber entendido el lenguaje social de los de su generación. Sin embargo, aun así, cuando se enojaba por alguna cosa, su desborde emocional era exponencial; nadie quería hacerla enojar.

Pasó el tiempo y, al llegar a la adultez, empezó a ser más social y a tener amistades; el tema del enojo había quedado atrás. Ser social se había convertido en su nueva máscara, para seguir enterrando una herida del pasado. Era ocurrente; en la universidad todos se reían de sus bromas. Había dejado el enojo atrás y se había refugiado en los amigos y en salir de fiesta. Le gustaba hacer ejercicio y, cuando no tenía escuela o trabajo, le gustaba dormir mucho.

Años después, esa Sofía enojona había regresado a su estado natural; el estrés había llegado con más fuerza en esta etapa de su vida: dos hijos, un matrimonio que colapsaba y problemas económicos. La Sofía divertida no existía más. Su esposo le reclamaba que había cambiado, que ya no era divertida y que no había intimidad en sus vidas; mientras tanto, ella quería salir huyendo de esa pesadilla. Se sentía cansada, de mal humor la mayoría del tiempo; no se concentraba mucho y, si trabajaba en alguna parte, no duraba más de dos meses.

Comenzó a tomar antidepresivos y parecía que la mujer divertida y relajada estaba de regreso; sin embargo, al pasar los meses, dejó de tomarlos porque ya se sentía mejor. Decidió entrar a estudiar un posgrado en psicología; tal vez necesitaba enmascarar de nuevo la herida y volver a ser divertida como antes. Lo que nunca imaginó era lo que descubriría en ese nuevo camino.

Un día, durante las prácticas clínicas, cuya actividad consistía en representar la vida de una paciente en una sesión ficticia, la llevo a colapsar emocionalmente, debido a que se metió mucho en el papel, el cual era muy similar a lo que vivía; comenzó a llorar sin parar. Al darse cuenta de que ese estado de enojo en el que vivía no era normal, comprendió que esa emoción constante, durante muchos años en su vida, tenía una explicación, y se llamaba depresión.

Debido al estrés constante que vivió durante su niñez y su adolescencia, en un entorno familiar de poco afecto, el diagnóstico para este caso fue distimia; es decir, un tipo de depresión que se había prolongado durante años. Se había acostumbrado a vivir con un sistema nervioso en alerta y, para poder sobrevivir, el enojo se volvió una manera de protegerse. Años más tarde, Sofía comenzó a sanar sus heridas, que por tanto tiempo la habían hecho pensar que el enojo constante era algo normal y un rasgo de personalidad.

La depresión no siempre se expresa con llanto o aislamiento; muchas veces se manifiesta con enojo, la queja constante, los excesos o esa necesidad de no querer sentirse solo: estar siempre acompañado, trabajar sin parar, comer sin control, realizar compras compulsivas o desarrollar adicciones. Asimismo, el enojo desbordante, la ira descontrolada, así como las conductas violentas, reflejan heridas no trabajadas.

Y, en un intento por sobrevivir, muchas personas optan por ignorar el malestar y la tristeza, e incluso por normalizar algunas conductas, como el beber en exceso o la queja, porque es la manera de relacionarse para muchas personas. Desde lo social, muchas personas salen a tomar para olvidar las penas y el estrés; otras, quizás, van al café a desahogarse con una amiga, pero hablan de los mismos temas, desde la queja constante, desde una narrativa que no cambia y desde la inacción, donde tampoco se hace nada por cambiar o mejorar.

La queja constante en una persona puede ser también un rasgo que refleje síntomas de depresión. Si te relacionas desde ese nivel en la mayoría de los casos, puede ser que estés teniendo depresión y no lo sepas, y que probablemente estés viviendo un tipo de depresión como la distimia, normalizando tu enojo, tu queja y esos desbordes emocionales. Si ya no disfrutas las cosas como antes o si tu apetito sexual ha disminuido, pueden ser señales de depresión.

La depresión tiene una característica importante: refleja el estado emocional de las personas, pero también suele distorsionar la interpretación de la realidad, la percepción, el pensamiento y la motivación. Por eso, no es tan sencillo que una persona salga rápidamente de este bucle. Muchas veces es verdad que una persona puede mantenerse en la queja constante a causa de un sufrimiento real; sin embargo, este tipo de pensamientos suele dificultar que encuentre formas efectivas de afrontar sus problemas.

Lo que significa que una persona con este padecimiento puede incluso no encontrar la manera de resolver sus problemas desde un nivel de afrontamiento que requiera regulación emocional y estrategias que no impliquen un conflicto consigo mismo o con los demás. Por ende, estos patrones de pensamiento pueden dificultar el afrontamiento efectivo.

A lo que voy es que la depresión no siempre se ve igual en todos los casos: algunas personas se aíslan, se retiran o se retraen; otras, por otro lado, tratan de vivir una vida normal para no llamar mucho la atención o, quizás, para negar su estado emocional, como una manera de sobrevivir al malestar. Son aquellas personas que viven una depresión funcional, de esas que no dicen nada, pero por dentro sufren en silencio.

El vivir con estrés constante es, hoy en día, la rutina de muchas personas; estar cansados la mayor parte del tiempo y sin ganas de hacer muchas cosas puede relacionarse con el estrés “normal”. Sin embargo, no debería ser normal acostumbrarse a vivir en modo alerta, dejando a un lado el disfrute y el descanso como prioridades.

No te acostumbres a lo que te hace mal. Si te sientes, quizás, identificado con este caso, te invito a que te priorices hoy, porque la depresión puede llegar a entrar sin avisar en una vida con mucho estrés; por ejemplo, cuando una mujer se convierte en madre. Muchas veces normalizamos el cansancio que sienten las madres en el posparto, relacionándolo solo con la falta de sueño o el cansancio crónico; sin embargo, la depresión puede instalarse por mucho tiempo si no se detecta.

La depresión, como padecimiento, afecta el estado de ánimo y puede tener consecuencias graves tras su prolongación y su falta de atención; en los casos más graves, puede llevar a una persona al suicidio o a presentar un brote psicótico, es decir, sentirse fuera de la realidad y con desbordes emocionales difíciles de controlar.

Emociones como la tristeza y el enojo son normales y necesarias para actuar en defensa de nuestra propia integridad; sin embargo, todo en exceso puede tener consecuencias.

Ahora bien, ¿qué podemos hacer si sospechamos estar teniendo síntomas de depresión? Lo principal, como en cualquier proceso de cambio, es darse cuenta de que lo estás presentando. Y si, por ejemplo, es alguien más quien está pasando por lo que aquí se menciona, no te desesperes: darse cuenta no es nada fácil, aun cuando hay personas a su alrededor queriéndolo hacer ver.

El proceso de cambio muchas veces también consiste en negar lo que sucede, hasta que, como en el caso de Sofía, “se da cuenta”. Muchas veces se lo dijeron y también reconoció que debía cambiar o buscar ayuda; sin embargo, creía que podía resolverlo sola y que solo era cuestión de enfoque y de hábitos. El proceso de cambio de algo que se ha normalizado por años, como en el caso del enojo constante, puede ser difícil. Además, es importante comprender que estar mejor o sanar no siempre es un camino lineal ni de cambios permanentes, ya que es probable que en el proceso haya recaídas que hagan pensar a la persona que sanar es imposible. Por ello, es importante el mantenimiento constante; es decir, al igual que la consulta médica o dental, es importante hacer mapeos de nuestro estado emocional y mental. Esto significa acudir, de vez en cuando, a una consulta psicológica o a una orientación psicoemocional, sobre todo si tienes antecedentes de depresión.

Asimismo, hay muchas otras situaciones que pueden llevar a una persona a padecer depresión, por lo que te invito también a practicar la empatía con quienes, quizás, llevan años intentando salir de este estado. Y, quizás, no sea tu caso; pero allá afuera hay miles de personas luchando consigo mismas, intentando llevar una vida “normal”, a pesar de que muchas veces quisieran no estar.

Te escribe Diana Carreño, tu psicóloga de corazón, esperando que llegue a tu vida ese mensaje de reflexión y calma que necesitas escuchar hoy.