
Hay cosas en la vida que, si no nos dicen que son dañinas, no las sacamos de nuestras vidas. Un ejemplo claro son los alimentos o el fumar: en un inicio nadie nos dijo que era malo para la salud, hasta que muchas personas se enfermaron. Incluso en la educación, se creía que reprender fuertemente a los hijos y volverlos duros o “cuerudos” (resistentes) era lo mejor para hacerlos fuertes. Sin embargo, pareciera como un experimento de ensayo y error, dado que las consecuencias de permitir ciertas conductas y hábitos muchas veces tienen un impacto a nivel cultural, tan expansivo y difícil de cambiar. Reflexionar sobre si es o no conveniente seguir aceptando como sano lo que no lo es implica hablar de todos aquellos que tuvimos una educación de la vieja escuela y que actualmente normalizamos muchas conductas, sobre todo de violencia en nuestras vidas, cuya tendencia a no saber poner límites con uno mismo y con las demás personas es el pan de cada día.
La crianza respetuosa, entre otros modelos de crianza, busca aportar a las nuevas generaciones herramientas de afrontamiento para la vida, basadas en la responsabilidad afectiva y la inteligencia emocional. Dos cosas importantes en la vida de cualquier ser humano, pero a las que hoy en día apenas se les está dando la visibilidad que merecen. Dos herramientas con las que las personas podríamos afrontar cualquier dificultad con la responsabilidad requerida.
Vivimos en una cultura donde se normalizan un montón de conductas. La violencia que se ha permitido por años, por lo menos en mi país, muchas veces por cuestiones culturales. Con esto quiero decir que hace años no era mal visto que nuestros padres nos educaran con gritos y nalgadas, algo que marcó generaciones de familias mexicanas y que muchos no me dejarán mentir: quizá no sientan que eso les trajo consecuencias.
Pero ¿qué pasa actualmente? Porque, según las cifras de violencia a nivel nacional que van en aumento, y de acuerdo con el índice internacional de conflictos ACLED 2025, México está en el nivel 4 mundial de violencia, clasificado como violencia extrema. ¿Será esto consecuencia de haber normalizado conductas de violencia durante muchos años?
Hoy quiero hablar principalmente de lo que muchas generaciones hemos normalizado debido al tipo de crianza y la cultura. Vengo, al igual que muchas personas, de un tipo de crianza en el cual no era tan válido decir lo que se piensa, llorar, decir que no, poner límites, pero sobre todo ponerse en primer lugar.
Creo que la principal cosa que he aprendido de mi crianza es precisamente esa conducta tan violenta de no ponerse en primer lugar y no reconocer el valor personal por encima de los logros, cualesquiera que sean. He escuchado a lo largo de los años, en mi experiencia de vida, la narrativa de diferentes personas sobre el valor personal, y muchas han estado relacionadas con lo que se logra o se alcanza, tanto en lo material como en el estatus social o si se está casado o no. Y dentro de estas historias hay un factor común, además del valor personal: muchas personas aprenden a no ponerse en primer lugar, sobre todo cuando se tiene familia. Lo primero son los hijos y el sacrificio por sacarlos adelante; es algo increíble y a la vez admirable para quienes, con tanta dificultad, consiguen el sueño de ver a sus hijos realizarse.
Sin embargo, puedo decir que esa fue una de las creencias adoptadas que más me ha costado desarraigar de mi vida, ya que es una de las conductas más destructivas: eso de no ponerse primero. Y, aunque quizá sea el acto de amor más grande para algunos, eso de sacrificarse por otros como si el cuerpo resistiera todo siempre, es también actuar con la idea de que nada malo pasará si no me pongo primero.
Y así, un montón de cosas normalizamos a lo largo de los años, como minimizar las emociones, no poner límites sanos para uno mismo y para los demás, o no saber alejarse de situaciones conflictivas. Como dejar ese trabajo que odias, en donde te explotan y no te valoran, porque aprendiste a soportar; pero quizá ya te enfermaste de hipertensión, diabetes, obesidad, depresión o ansiedad. Y es probable que ya hayas aprendido a vivir así.
Sin poner límites para ti, por eso que quieres alcanzar. Pero ¿sabes qué? Somos como ratones persiguiendo un queso en los callejones de una caja bien diseñada. Así lo normalizamos. Si viste a papá trabajar sin descanso, o a mamá hasta tarde haciendo quehaceres, dejando su vida pasar, haciendo todo por todos y poniéndose en último lugar.
Hoy, después de varios años, y como muchos, me doy cuenta de lo que normalicé porque lo vi a diario. No era usual llorar sin que te regañaran por hacerlo, y era común que te dijeran: “ya vas a llorar” o el clásico “ya deja de llorar”. Para muchos, tanto hombres como mujeres, no poder hacer algo tan sanador como desahogarse se vuelve una limitante. Por eso, aprender a llorar debería ser otra de las cosas importantes en la niñez, además de caminar, comer, o aprender a leer y escribir. Llorar, saber decir lo que sentimos, aprender a defenderse sin dañar a otros; es decir, poner límites. Decir no sin culpa, y decir sí sin miedo al qué dirán.
Hace poco empecé a saber más acerca de la violencia, sobre todo por los programas de gobierno en los que me he desempeñado últimamente. He notado el gran interés por reducir la violencia, tanto por parte del gobierno como de la misma gente que vive con miedo.
En mi experiencia como profesionista, he notado que me he ido involucrando en comprender mejor los temas de violencia en sus diferentes modalidades, y es increíble la clasificación tan extensa en el tema. Una de las cosas que se consideran cruciales para poder salir del círculo de la violencia es identificar la normalización de la violencia en cada uno de nosotros, esa violencia introyectada desde la infancia, desde lo que se observa y se calla. Esas conductas que no parecen dañinas, pero lo son; aquellas que se disfrazan y hacen mucho daño, como la pasividad agresiva con la que muchos se conducen en la vida.
Esa violencia que se ejerce precisamente por falta de madurez emocional es la que hay que erradicar. La violencia con la que muchos se tratan, y sobre todo la falta de autocompasión hacia uno mismo. Es ahí por donde se comienza a erradicar la violencia: desde los límites sanos para uno mismo. Es prácticamente imposible ser dañinos con otros si no lo somos con nosotros mismos. Desde la coherencia no existiría nada que erradicar; desde el respeto a uno mismo, no habría necesidad de hacerse respetar.
Aceptamos lo que normalizamos cuando no lo cuestionamos. Y en la guerra de géneros, la lucha por quién tiene la razón o quién somete a quién puede significar un debate sin fin. Sin embargo, hoy en día la perspectiva de género, que protege a la mujer, visibiliza muchas conductas que son consideradas de riesgo para su autonomía. Un ejemplo claro es considerar que el trabajo doméstico no requiere ser remunerado, así como conductas pasivo-agresivas que dañan la autoestima y la confianza. Los celos, el control, la violencia física, el sarcasmo o las bromas pesadas, y las faltas de respeto, entre otras conductas, muchas veces se toleran por haber vivido en un ambiente donde la violencia se normalizó y se aceptó.
“Romper con lo normalizado incomoda, sí. Pero seguir viviendo como si nada pasara cuesta mucho más. La pregunta no es ¿qué es lo normal?, sino qué estás dispuesto a seguir permitiendo en tu vida”.
El primer paso para salir de cualquier forma de violencia es reconocerla, incluso cuando parece inofensiva o normal. Y a partir de ahí, comenzar a elegir distinto, con límites, con conciencia y respeto hacia uno mismo.
Yo soy Diana Carreño, tu psicóloga de corazón. Que este mensaje de reflexión y calma llegue a ti cuando más lo necesites.
Fuentes
Organización Mundial de la Salud. (2021). Violencia contra la mujer: estimaciones mundiales de prevalencia.https://www.who.int
Baumrind, D. (1991). The influence of parenting style onadolescent competence and substance use. Journal of EarlyAdolescence, 11(1), 56–95