
Quizás suene muy trillada esa frase de que ¨hay que vivir el ahora o el momento presente¨; pareciera una frase de moda. Pero va más allá de una tendencia en redes sociales. No sé si algunos lo habrán notado, pero nada ha sido lo mismo desde la pandemia del 2020. Pareciera que el reseteo de aquella época diera la pauta para frenar un poco la rutina multitask, en la cual la hiper productividad le daba sentido a la vida: el hacer más por encima de, el ser.
Nos dicen que la mujer tiene la capacidad de poder hacer más de una cosa a la vez, y el hombre también, cada uno con sus diferentes capacidades que la biología les ha dotado. Sin embargo, hay algo que afecta sin importar el sexo: el constante ajetreo diario por la supervivencia, ese modo alerta en el que muchos vivimos.
Un amigo me comentaba el otro día que se había lastimado el pie jugando fútbol, a lo que le comenté que quizás ya era tiempo de tomar un descanso. A lo que me contestó: “A descansar, al panteón”. Supongo que es porque es quien ve por su familia, y eso de descansar no es algo que maneja muy bien. Y claro que es de entenderse que, si la responsabilidad económica recae en una persona, el descanso no es una opción, sobre todo si eres padre de familia o si tienes deudas o gastos a los que no puedes simplemente decir “hoy no puedo” o “no quiero”.


En la pandemia, sí o sí, nos mandaron a casa porque había riesgo de contagio si salías a la calle. Ya no se podía ir al mercado, ni siquiera a la escuela; tuvimos que parar, aunque no quisiéramos. Y para muchos fue algo frustrante, quizás porque el estrés de la rutina a la que estábamos muchos acostumbrados y habituados, proveía de esa chispa para soportar la vida: la rutina de manejar con mucho tráfico, correr para llegar a tiempo a un lugar… vivir a prisa seguramente ha sido el motor o la gasolina para muchos.
En ese descanso largo que fue la pandemia, algunas personas entraron en depresión y ansiedad por no saber atravesar el encierro o no lograr adaptarse a ese cambio tan drástico. Por otro lado, algunos conectaron con una parte de sí mismos que no conocían: prácticas como la meditación, el ejercicio en casa, la lectura, el cocinar, el hacer introspección de uno mismo, el disfrute de cosas cotidianas con un poco más de calma.
Para algunas personas fue una especie de reseteo mental o despertar de conciencia, en el cual se valoraron de cierta manera las cosas que hacíamos cuando estábamos afuera y, a su vez, las cosas dentro de casa. Por otro lado, el valorar el momento presente, independientemente de lo que se viva, es una oportunidad para la aceptación radical, algo que nos puede ayudar a sufrir menos por las cosas que no podemos cambiar como lo fue en el caso de la pandemia.
Y es precisamente una de las razones por las que el ser humano sufre: por no poder aceptar las cosas que no puede cambiar. La aceptación radical implica reconocer la realidad como tal, incluyendo pensamientos, emociones y situaciones. Abandonar, en cierta manera, la lucha interna contra lo inevitable —por ejemplo, envejecer— es también permitir la experiencia emocional sin intentar suprimirla o negarla; es entonces elegir cómo actuar a partir de esa aceptación (Linehan, 2015).
La Terapia Dialéctico Conductual (DBT), desarrollada principalmente por Marsha M. Linehan en 1993, es un tratamiento diseñado para el trastorno límite de la personalidad, especialmente para personas con conductas suicidas o autolesivas. De donde proviene esta idea tan genial de la aceptación radical. Esto suena bien en la consulta clínica, pero ¿es posible aplicar algo así fuera del consultorio?, ¿transformar la manera en que las personas enfrentan el malestar, mejorar la toma de decisiones y construir un mayor bienestar a nivel social?, aplicar este modelo o modo de pensamiento podría ser la clave para erradicar la preocupación o estrés diario, talvez sería la llave para lograr ese sueño.
Muchas personas viven el día a día como una lucha constante: el tráfico en las horas pico, los problemas inesperados, la falta de dinero, emociones intensas en el trabajo, pérdidas o los propios pensamientos que pueden llegar a ser abrumadores en algunos casos. Desde la perspectiva de la aceptación radical, resistirnos a toda esta clase de estímulos es algo inútil y desgastante, además de que aumenta el sufrimiento emocional. Linehan plantea que todos estos eventos son parte de la experiencia humana, pero que el sufrimiento es el resultado de rechazar o negar lapropia realidad.
¿Qué podemos hacer entonces para dejar de sufrir desde la postura de aceptación radical?
¡Dejar de gastar energía en lo que no podemos controlar! Y redirigir lo que sí depende de nosotros, como un filtro o un embudo que nos permita descartar aquello que nos abruma.
No se trata de resignarse ante lo que sucede, sino más bien de reconocerlo sin añadir tanto juicio: pensamientos como “esto no debió haber pasado” o, por ejemplo, el clásico “sería muy feliz si esto pasara”, ocupándonos en pensamientos fantasiosos que no resuelven nada, enfocándonos en el afuera inclusive, sin explorar el adentro, eso que nos podría dar pistas más claras de lo que realmente sucede.
Por otro lado, en la Terapia de Aceptación y Compromiso de Steven C. Hayes, cuya idea central es cómo las personas evitan o niegan las emociones y pensamientos para evitar el malestar, que regularmente pasa siempre lo contrario, es decir que, evitar la emoción no evitara el malestar en la mayoría de los casos. Esta terapia propone atravesar las emociones y pensamientos desde la flexibilidad interna y la autocompasión, lo cual es un factor que favorece aún más el bienestar psicológico de las personas, lo que se traduce en, ser flexibles con nosotros mismos. (Hayes, Strosahl y Wilson, 2012).
La regulación emocional de la que muchos psicólogos hablan radica en cuanto como una persona elige dejar de pelear con lo que siente, ya sea tristeza o enojo, o tan simple como el permitirse el placer de disfrutar algo. ¿Es posible desde estas dos posturas mencionadas: desde la aceptación y compromiso así como la aceptación radical, lograr el equilibrio emocional?, yo te diría, te invito a comprobarlo llevándolo a la práctica diaria.
La aceptación que aquí se menciona es, a su vez, en un sentido similar, practicar la autocompasión que, según Kristin Neff, se vincula con tratarse con amabilidad frente a la adversidad, lo que puede reducir la ansiedad y, por ende, promover el equilibrio emocional que tanto se busca hoy en día (Neff, 2011).
En conclusión, desde el punto de vista de los autores mencionados, ¿es posible tener una “vida más feliz”, por así decirlo? Es posible, siempre y cuando no nos enfoquemos en eliminar el malestar, sino en algo más realista: vivir sin esa lucha interna de evitar ni negar lo incómodo.
Recordemos que el bienestar o la felicidad no es la ausencia de problemas o emociones incómodas; es, entonces, el poder permitirnos como seres humanos vivir esta experiencia llamada VIDA con la mayor aceptación posible. Algunos le llamarían con la mayor GRATITUD posible, lo que nos puede llevar a ver esta experiencia como un aprendizaje constante y una oportunidad para la transformación personal.
Te saluda Diana Carreño psicóloga, esperando que tengas un excelente día, que la reflexión y la calma llegue a tu vida en ese momento del día cuando mas lo necesitas.