
V Domingo de Cuaresma. Ciclo A
“Yo soy la resurrección y la vida”
Juan 11,1-45
En estos días de marzo se cumplen seis años del inicio de un
viacrucis que no sabíamos en qué estación iba a terminar: la
inesperada crisis sanitaria provocada por el Covid-19 y el
desconocimiento de sus efectos y secuelas. Entre tantas
enseñanzas que nos ha dejado sobresale el que somos más
humildes ante la fragilidad y el valor de toda vida humana. Nos
ha ayudado también a aceptar que toda la humanidad navega
en la misma barca.
Cuando la cruda realidad de la enfermedad y la muerte toca a
los nuestros, los valores que sostienen y dan sentido a la vida
son sometidos a la más difícil de las pruebas. Nos hemos dado
cuenta que la vida humana es digna de vivirse y que vale la
pena sacrificarlo todo por ella. ¡Y pensar que hay agendas
ideológicas y políticas que quieren matarla desde su inicio!
Podemos imaginar lo que Marta y María sintieron cuando
Lázaro enfermó y murió. Los diálogos de Jesús con sus
discípulos y las hermanas de Lázaro pintan el cuadro
emocional, afectivo, espiritual, de los presentes. Aparecen
también los valores que dan sentido a esa relación y a la vida
misma: el amor fraternal, la amistad, la fe en Dios.
El relato evangélico describe con sobriedad la resurrección de
Lázaro. Lo importante del desenlace es que Jesús se revela
como la resurrección y la vida y como quien tiene poder de
resucitar a un muerto. Marta y María creen firmemente y los
otros discípulos están dispuestos a recorrer el mismo camino de
la fe.
El comportamiento de Jesús ante la enfermedad y muerte de su
amigo es desconcertante. Vive, a la vez, dos sentimientos:
conmoción ante su muerte y confianza total en su Padre. Deja
que pasen cuatro días, no se apresura, vive el momento conintensidad. La lección de las mujeres es la fe humilde; no piden
a Jesús la resurrección de su hermano, sino que creen en
Jesús. Lázaro vuelve a la vida y vuelve a casa; Marta y María lo
reciben incondicionalmente.
En dos semanas celebraremos la Pascua de Cristo. El entorno
del presente año es la primavera en todo su esplendor y los
aires político-electorales desmedidos. Tendremos al alcance de
los sentidos la solemnidad y la bella vivencia multicolor de los
ritos del Triduo Pascual. La experiencia puede ser única si,
como Marta y María, creemos en el poder del Señor que puede
resucitar a los muertos, no importa que lleven siglos
sepultados.
La fe cristiana nos invita a creer que el camino que lleva a la
vida eterna pasa por la cruz y la muerte. Nos enseña no sólo a
bien morir sino también a bien vivir. Nos prepara para el más
allá y nos compromete a una vida digna en el más acá. Algo o
mucho tiene que morir en nosotros a favor de una vida nueva,
digna y plena.
Que al renovar las promesas bautismales en el día de la Pascua
tengamos presente la fe de Marta, María, Lázaro y de tantos
discípulos que nos han precedido.
Con mi bendición.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas