
Por Manuel Cárdenas
En política, pocas cosas revelan tanto el verdadero estado de un movimiento como la forma en que decide quién entra y quién no entra a su casa.
Eso es, en el fondo, uno de los temas centrales que este fin de semana se discutieron alrededor de la Asamblea Nacional de Morena, la llamada Comisión Evaluadora de Incorporaciones. Uno de los temas más polémicos del partido que ha forzado a las dirigencias a dejar de ver el ingreso de las personas como un simple trámite partidario o un tecnicismo organizativo menor. Lo que está en juego es algo mucho más profundo, es la definición moral, política e histórica del movimiento más importante de México -incluso se dice que de Latinoamérica- en las últimas décadas.
Porque Morena no nació como un partido tradicional. Morena nació como una ruptura, una respuesta al abuso del poder, a la corrupción institucionalizada, al cinismo de las élites políticas y a la traición de una clase gobernante que convirtió a México en botín. Morena surgió como instrumento del pueblo, no como refugio de oportunistas, nació como un vehículo de transformación, no como franquicia electoral.
Y por eso el tema de las incorporaciones importa tanto. Cada vez que una figura proveniente de otros partidos toca la puerta de Morena, la pregunta no debería ser solamente si suma votos, estructura o operación territorial. La verdadera pregunta tendría que ser otra, ¿fortalece el proyecto de transformación o lo contamina?
Ahí está el centro del debate. Durante años, Morena ha crecido a un ritmo vertiginoso, fue en suma un movimiento que se desbordó, que se salió de los linderos imaginables en ese entonces. Ese crecimiento le ha permitido conquistar gobiernos, congresos, presidencias municipales, gubernaturas y la Presidencia de la República, pero todo crecimiento acelerado trae consigo una tensión inevitable, mientras más grande se vuelve un movimiento, más difícil es preservar su identidad original, pues como dice el lema ya clásico, un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Y es precisamente en ese punto donde aparece la necesidad de órganos o mecanismos que evalúen incorporaciones. En teoría, una comisión de esta naturaleza tendría una función lógica e incluso saludable, el impedir que el partido se convierta en tierra de nadie; evitar que personajes que combatieron a Morena, que representaron lo peor del viejo régimen o que arrastran antecedentes éticos cuestionables, entren por la puerta principal o por la puerta de atrás -en silencio- solo porque hoy les conviene.
Visto así, una Comisión Evaluadora de Incorporaciones podría ser una buena noticia. Podría representar una señal de madurez política. Un filtro mínimo. Un mensaje claro a la militancia, “no todo cabe, no todo se vale, no todo el que quiere subirse al tren de la transformación merece conducirlo”.
Pero también hay que decirlo con claridad, este tipo de comisiones pueden convertirse en instrumentos de protección del movimiento o en herramientas de control cupular.
Y ahí comienza la parte incómoda, porque si esa comisión carece de reglas claras, de fundamento suficiente, de criterios públicos, de transparencia o de límites precisos, entonces deja de ser un mecanismo ético para convertirse en un filtro discrecional. Es decir, en una aduana política donde unos entran por cercanía, por conveniencia o por pacto, y otros son excluidos no por falta de congruencia, sino por no pertenecer al grupo correcto.
Eso sería gravísimo. Morena no puede darse el lujo de combatir el amiguismo del viejo régimen repitiendo internamente sus peores prácticas. No puede denunciar durante años a las mafias del poder para luego construir pequeñas mafias internas disfrazadas de institucionalidad. No puede hablar de regeneración nacional mientras normaliza que la congruencia sea secundaria frente al cálculo electoral.
Y sin embargo, ese riesgo está ahí. La gran paradoja de Morena es que mientras más poder acumula, más se parece a aquello contra lo que luchó. No porque esté condenado a ello, sino porque todo movimiento que llega al poder enfrenta una prueba esencial donde tiene que demostrar si sus principios eran convicción o solo discurso de campaña.
La discusión sobre las incorporaciones no trata únicamente de nombres. Trata de método. Trata de legitimidad. Trata de memoria.
Este movimiento debe acompañar este gran filtro con algo que también ha quedado en la cuenta, considerar a su militancia, a sus fundadores, a las bases. Hay una militancia que caminó cuando nadie creía. Hay mujeres y hombres que defendieron este proyecto cuando era perseguido, burlado y minimizado. Hay bases territoriales que tocaron puertas, cuidaron casillas, organizaron comités y sostuvieron la esperanza de millones. Y esa militancia tiene derecho a preguntar, ¿vamos a seguir construyendo un movimiento o vamos a administrar una agencia de colocación política para reciclajes del pasado?
La pregunta es dura, pero necesaria. Nadie niega que en política las alianzas son parte de la realidad. Ningún movimiento de masas crece en absoluta pureza. La política no es un convento. Es disputa, correlación de fuerzas, estrategia, inteligencia territorial. Sí. Pero también es verdad que cuando un partido deja de distinguir entre sumar y deformarse, comienza su deterioro.
No todo liderazgo externo que se incorpora es necesariamente negativo. Hay perfiles valiosos, hay cuadros con experiencia, hay trayectorias rescatables. El problema no es abrir la puerta. El problema es abrirla sin criterio. Sin memoria. Sin decencia política.
Por eso la discusión de fondo no debería centrarse únicamente en si existe o no una Comisión Evaluadora de Incorporaciones, sino en qué evalúa, quién la integra, con qué facultades actúa, bajo qué principios decide y frente a quién responde.
Si esa comisión va a existir, debe ser un instrumento al servicio del proyecto, no de facciones. Debe cuidar la esencia de Morena, no administrar cuotas. Debe representar un muro ético, no una ventanilla de privilegios.
Porque Morena enfrenta hoy un reto histórico, seguir siendo movimiento aun cuando ya es poder.
Esa es la prueba más difícil. Cuando se lucha desde la oposición, es sencillo hablar de principios. Cuando se gobierna, cuando se reparte poder, candidaturas, espacios y decisiones, entonces los principios dejan de ser discurso y se convierten en costo. Y ahí es donde se mide la verdadera estatura de un proyecto político.
La Asamblea Nacional, el Consejo, el Congreso o cualquier órgano que hoy esté discutiendo este tema tendría que entender algo fundamental, que el mayor patrimonio de Morena no son sus cargos, ni sus alianzas, ni siquiera su fuerza electoral, su mayor patrimonio sigue siendo su legitimidad moral frente al pueblo.
Y esa legitimidad no se hereda. No se decreta. No se presume, se cuida.
Se cuida cuando se honra a la militancia.
Se cuida cuando no se normaliza el oportunismo.
Se cuida cuando la puerta de entrada no la abre el pragmatismo sin límites, sino la congruencia con un proyecto de nación.
Porque al final, los partidos no se pudren únicamente por sus enemigos. Muchas veces se pudren cuando olvidan quiénes eran antes de ganar.
Es un buen momento para recordar que no se llegó hasta aquí para parecerse a los demás partidos.