Editoriales

Los Therians y la Reforma Electoral: El Reto de la Representatividad

Por Manuel Cárdenas

Mientras el debate público se concentra en la Reforma Electoral, la posible eliminación de listas plurinominales, la reducción del financiamiento partidista y el rediseño institucional, algo aparentemente ajeno a la política crece con fuerza entre jóvenes: la cultura therian

Se que el título suena a libro de Harry Potter, pero es necesaria la metáfora pues el hecho de que miles de adolescentes se identifican simbólicamente con animales, perros, lobos, zorros, felinos, no es caricatura, no es frivolidad, es una crisis de identidad en otros aspectos.

Y ahí comienza la pregunta incómoda:

¿Por qué una generación puede sentirse representada por la figura simbólica de un perro o lobo… pero no por el Congreso de su país, no por un partido, no por un diputado o senador? 

La representación proporcional nació como una conquista democrática. Fue el mecanismo que permitió que las minorías políticas tuvieran voz frente a mayorías dominantes. Fue un avance contra el autoritarismo. Eliminarla por completo sería un retroceso histórico, por eso hasta el momento, no es tema a debatir, pero si se pone en el centro la crítica de esta figura y su espíritu. 

Debemos reconocer algo con honestidad, el diseño actual de listas cerradas ha sido capturado por las élites partidistas.

Las listas no representan a la ciudadanía; representan acuerdos internos.

Y cuando la representación proporcional deja de ser herramienta de pluralidad para convertirse en mecanismo de colocación de perfiles sin arraigo social, la figura pierde legitimidad.

El problema no es la representación proporcional.
El problema es quién decide y a quién responde.

Ampliar democracia no puede conformarse con estructuras que reproducen privilegios internos. Debe abrirlas.

Eliminar las listas cerradas no significa eliminar la representación proporcional. Significa romper el monopolio de las dirigencias sobre quién accede al poder.

Podemos imaginar mecanismos más democráticos:

● Listas abiertas donde la ciudadanía ordene prioridades.

● Procesos internos obligatorios, transparentes y auditables.

● Candidaturas surgidas de participación territorial real.

● Paridad efectiva y representación de sectores históricamente excluidos.

La proporcionalidad debe servir al pueblo, no a las cúpulas.

Cuando un persona busca identidad fuera de la política institucional, no está renunciando a la democracia; está señalando una fractura.

La política dejó de ser espacio de pertenencia y tenemos lla responsabilidad histórica de reconstruir esa conexión.

No basta con reducir costos.
No basta con hablar de austeridad.

La verdadera transformación democrática ocurre cuando las personas sienten que el sistema les pertenece.

Si la representación proporcional se convierte en un mecanismo más abierto, más participativo y menos vertical, puede recuperar su legitimidad original: ser la puerta de entrada de voces diversas.

La eliminación de listas cerradas puede ser una oportunidad para profundizar la democracia.

No para concentrar poder.
No para silenciar minorías.
Sino para devolver la representación proporcional a su raíz popular.

La pregunta no es si debemos tener o no representación proporcional. La pregunta es, ¿Va a responder a la ciudadanía o a los acuerdos de cúpula?

Si logramos que esa figura vuelva a ser instrumento de pluralidad real y no de designación interna, estaremos fortaleciendo la democracia, no debilitándola.

Si una generación encuentra identidad en símbolos alternativos, no es porque desprecie la democracia. Es porque la democracia no ha sabido incluirla.

No se puede reaccionar con burla ni con miedo.
Debe reaccionar con apertura.

Reformar el sistema electoral no es solo modificar reglas. Es reconstruir confianza.

Y la confianza no se impone.
Se gana ampliando participación.

Si queremos que más personas vuelvan a sentirse parte del sistema político, debemos garantizar que la representación no sea privilegio, sino derecho vivo.

La representación proporcional no debe desaparecer.
Debe democratizarse. Porque la verdadera transformación no elimina voces, las  multiplica.